The New York City
¡Bienvenido a New York! ¿Siempre quisiste vivir en la Gran Manzana? ¿Si? Bueno, no podemos regalarte un viaje ni una casa allí, pero podemos ofrecerte una nueva experiencia en nuestra pequeña ciudad. No lo dudes y ¡únete!
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Salón de la fama
Nació en la ciudad de New York, con descendencia inglesa por parte de ambos padres quienes se dedicaban al narcotrafico. Sus padres se vieron obligados a dejar Londres gracias a que sus cabezas tenían precio; ambos pensaron que en New York estarían a salvo , consiguieron nuevas y viejas amistades, se hicieron un lugar entre las mafias de la ciudad, hasta que un día, nueve años después sus enemigos finalmente los encontraron. Irrumpieron en la residencia de los Ripper y armaron un baño de sangre del que nadie salio vivo, nadie a excepción de Derek quien se mantuvo escondido mientras la ayuda llegaba. Antes de que se armara todo el escándalo por el baño de sangre, los hombres de un viejo amigo de los Ripper llegaron al lugar, rescataron a Derek y lo llevaron a Corvinus, un viejo mafioso retirado que a partir de ese momento se hizo cargo de Derek. Lo educo con métodos poco usuales, educación solo en casa, torturas, castigos, golpes que fueron llenando poco a poco el cuerpo de Derek con todas las cicatrices que tiene hoy en día bajo los tatuajes de su piel. Siempre vio a Corvinus como su segundo padre, pensando en que todo lo que le hacía era por su bien, nunca tomo rencor contra él. En el tiempo de su estadía con Corvinus conoció a Dimitri, él que se convertiría en su mejor amigo casi hermano y con quien años después, a la edad de 19 años se marcharía para probar fortuna por su propia cuenta, sin la ayuda de Corvinus. Fueron años los que le costaron para escalar escalón por escalón para llegar a la cima. Hizo cosas inhumanas para lograr sus objetivos, paso por encima de quien hiciera falta para conseguirse el respeto de sus enemigos y de todo aquel que siquiera escuchara su nombre y 5 años más tarde se convirtió en uno de los narcotraficantes más conocidos en New York y más buscados por la policía.
Líder Mafioso
Derek W. Ripper
Nació en California gracias a un accidente de una noche, motivo por el cual en su infancia se vio reflejado el poco apego por parte de sus padres, sobretodo por el lado de su progenitor. En la misma época, se vio desplazado por la presencia de su hermano menor que pareció ser la solución a todos los problemas que la familia presentaba. De tal manera, se crió casi por su cuenta de forma inestable, llegando a crear conceptos bastante errados y desconcertantes acerca de la vida misma. A los dieciocho años, abandonó su hogar para entregarse a las calles, donde se dedicó a vender droga para costearse la carrera de arquitectura en la universidad. A pesar de haberse graduado, nunca llegó a ejercer, pues durante el trayecto descubrió la gran pasión que sentía por la mezcla y las bebidas. Empezó específicamente a los veintitrés como conserje en un bar de mala muerte, lugar en el que se dedicó a observar la manera en la que los que atendían la barra se desplazaban para luego copiar sus movimientos en sus horas libres. Fue avanzando así hasta adquirir experiencia en el asunto y acabar recorriendo medio país con el único fin de ganar reconocimiento, acabando por ser el favorito de uno o más empresarios exitosos. A la edad de treinta y cinco, decidió establecerse en New York donde su carrera alcanzó el apogeo al ser ascendido a gerente del bar en el que trabajaba, obteniendo así la preferencia de las grandes estrellas de la ciudad y además, al ganar el World Class que lo coronó como el mejor barman del mundo.
Bartender World Class
Boris Dixon
Ivy Rose nació la noche caótica del fin de milenio en un hospital del Bronx, en una sala llena de gente, junto a una anciana que moría y de la cual, por un error, tomó su nombre. Nació adicta y su madre la abandonó ahí mismo. A los seis meses salió de rehabilitación por heroína solamente para ser encerrada de nuevo en uno de los tantos MAC de la ciudad de New York. A los ocho años forma parte de un programa de integración al arte, decantándose por el ballet, mismo que practica hasta ahora y para el cual tiene bastante habilidad. A los doce es adoptada por una pareja de artistas de éxito que la hacen conocer el mundo exterior, lo caótico y hermoso que puede ser, lo brutal también pues, después de adaptarse y amarlos, se lo arrebatan todo de golpe. Su madre adoptiva se suicida dos años después y su marido la sigue un año después. Ahí comienza la caída libre para Ivy quien a los quince era alcohólica y comenzaba con otro tipo de drogas; convencida de que su paso por el mundo sería breve, Ivy Rose comenzó a dar pasos gigantescos, comienza a querer vivir y experimentar de todo hasta que se da cuenta que no puede, porque algo dentro de ella se apagó cuando se dio la primera línea de coca y llegó a un hogar vacío. Es en ese mismo año que conoce a su mejor amigo con el que tendrá una experiencia demasiado grave la cual la hace reconsiderar un poco su vida, anesteciada de emociones, entra en rehabilitación, se llena de trabajos, retoma la escuela y conoce a Felicia. De marzo a mayo trabaja como Bella Durmiente, un servicio de chicas para hombres acaudalados en donde conoce a Nando Morelli, el hombre que le torcería la vida de nuevo al iniciar una relación por demás ílicita. Recae en las drogas y desciende más hacia el abismo hasta tomar una escala, un coma a causa de una sobredosis. Nando desaparece de su vida y ella sigue cayendo. Son los Peyton quienes colocan una red de contención y la detienen adoptándola al conocer su historia, es con ellos con quienes conoce lo que es tener una familia y una vida digna. Morelli reaparece en su vida, limpio y amándola y es él la parte más rota de su vida por la cual entra más luz a su interior. Después de caer por fin en el abismo y darse cuenta que lo que había ahí abajo era ella misma en su total realidad, Ivy Rose decidió comenzar a subir, paso a paso, tomando la mano de los que la rodean y quieren verla bien, de los que la apoyan. Una oportunidad única en la vida llega gracias a alguien que ella desconoce y su rumbo toma otra dirección, lejos de la ciudad, tomando un lugar por el cual, siempre en su vida, tendrá que luchar con uñas y dientes por mantener. Ha fijado residencia en Covent Garden, Londres, viajando a New York cuando puede, aunque no sean muchas ocasiones porque tiene demasiadas cosas que hacer, Academia, colegio, pareja, mantener la popularidad que gracias a su personalidad y escándalos (su relación ilícita, aunque legal en Londres, ahora es pública) ha obtenido… Intentando salvarse de ella misma cada día, pero intentando sobrellevarlo todo con una enorme sonrisa y con el orgullo y la arrogancia que la caracteriza.
High School Queen
Ivy Rose Hathaway
Nacido en Queens, Nueva York de madre inmigrante. Lo poco que Lucas ha conocido de su verdadera madre es que era mexicana y que murió al darle a luz, muchos rumores sobre su madre biológica le han confirmado que probablemente su padre era un mafioso muy influyente, sin embargo esos rumores nunca fueron confirmados y después de todo eso fueron. Adoptado por una pareja que jamás tuvo la dicha de formar su propia familia, sin embargo al ver al pequeño bebé de inmediato comenzaron los trámites para adoptarlo y terminaron por ponerle Lucas Earle. Su padre un policía de Queens le enseñó cada una de las cosas que hoy en día aplica. Cuando aplicó a la academia, pronto destacó entre sus demás compañeros, sus jefes pronto notaron que aquel joven tenía una vocación que una profesión de ser policía, lo recomendaron para que fuera a la Interpol en Londres donde pasó un tiempo y de inmediato fue asignado a Nueva York como policía encubierto, pronto conoció a la que se convertiría en una de sus mejores amigas y madre de sus hijos. El tiempo con la Interpol término cuando la CIA comenzó a ofrecerle un puesto como agente, pero Lucas decidió rechazarlo. No fue que hace dos meses que estuvo como agente de la CIA y después de terminar un caso enorme de trata de personas con toda su red, sufrió un accidente que dañó parte de su cerebro, actualmente rige como Jefe de Fuerzas Tácticas, puesto que sus amigos y compañeros no dudaron en recomendarlo por su enorme esfuerzo y porque realmente es un policía de campo con ese toque de saber cómo piensa una mente criminal.
Jefe de Fuerzas Tácticas de la CIA
Lucas Earle
Nació una tarde de Agosto en Seattle. Hija del dueño de una fábrica de vidrios y una abogada fue la adoración. Segunda y última hija del complicado matrimonio Peyton, fue la bebe que se suponía salvaría el matrimonio pero no pudo ser, las disputas ganaron la batalla a la familia y terminaron divorciándose cuando Isabella no cumplía un año de nacida. Ambas niñas se fueron con su madre quien dejo su crianza en mano de sus abuelos por lo que ambas fueron enseñadas con los mismos principios con los que sus abuelos criaron a sus hijos. Isabella siempre hablaba y pedía tener acercamientos con su padre quien las visitaba pocas veces en Seattle, aun así en ella nació una afición por el vidrio que pronto le terminaría haciendo descubrir el arte en él. A medida que fueron creciendo Lucy se alejaba más de Isabella quien siempre quedaba detrás gracias a su edad, para cuando Lucy cumplió dieciocho años ya no estaba presente en la vida de su hermana menor quien con trece años quedo a la merced de los juegos de sus primos menores. A pesar de que el malestar por la actitud de Lucy la afligía su adolescencia no estuvo llena de únicamente momentos tristes, sus primos le enseñaron a adorar aquellas costumbres de la ciudad que finalmente despertaron su interés, los próximos años los paso entre juegos de fútbol americano, reuniones con sus amigos de escuela y el estudio del vidrio y los grandes murales que llenaban de colores las iglesias y daban al sol una bienvenida feliz todo los días. Su padre comenzó a mostrar más interés por acercarse cuando Isabella tenía 15 años, la joven no puso contras al interés de su padre, ella quería estar presente en la fabricación del vidrio desde cerca, quería convertirse en una artista que pudiese moldear figuras fantásticas y brillantes, por ese motivo acepto que su padre la llevara de paseo a Nueva York de vez en cuando donde paso muchas horas en su fábrica, aprendió a calentar vidrio y darle formas, a tallarlo y pintarlo, su padre dio riendas sueltas y fueron los años más maravillosos de su vida. Entre aviones y viajes llego a la universidad de Boston donde estudio Artes modernas. Con 23 años tenía una carrera prometedora, por lo que se mudó a Nueva York donde con ayuda de su padre comenzaría a dibujar el nuevo destino como artista dejando a un lado cualquier sentimiento que le hiciera sentir culpable de nuevo. En La ciudad del pecado conoció a su mejor amigo quien más adelante se convertiría en el padre de sus dos hijas. Después de haber tenido en mente una colección formada por cuadros cuya pintura se vería mezclada con pedazos de vidrios de colores, se atrevió a realizarla y enviarla a Italia para que fuese publicada en una galería en crecimiento que celebró una gala para críticos exigentes. Sus cuadros fueron un éxito total. Uno de ellos se comenzó a exhibir en una famosa galería donde solo los grandes artistas exponen sus obras. Después de ese día Isabella fue reconocida por periódicos locales Como una gran artista en el arte del vidrio y se hizo famosa a nivel mundial. Sus cuadros ahora son valorados por grandes cantidades de dinero y tiene muchos pedidos de clientes exigentes y conocedores.
Artista Vidriera
Isabella Peyton
Un 18 de Octubre de 1990 nacería una rubia dispuesta a comerse el mundo. Elisabeth Angelica Maier se trataba de la hija de Michael Maier y Arabella Leisser. Ambos que se conocieron en Harvard, su padre dejó el mundo militar para acabar derecho allí mientras que su madre, proveniente además de Ámsterdam, intentaba sacar adelante la carrera de empresariales pagándose los estudios trabajando como camarera en el propio recinto universitario. Hay personas que no creen en el amo a primera vista, pero lo que ellos tuvieron fue prácticamente un flechazo. A los 25 se casarían y enseguida tendrían a su encantadora hija. Elisabeth era especial, su abuelo paterno lo sabía ya que tenía un magnetismo completamente distinto al de sus demás nietos. Criada en el propio territorio paterno, no era raro que la muchacha empezase a alimentarse del ambiente jurídico, a fin de cuentas los Maier eran famosos por eso. A medida que los años pasaban ella seguía interesándose por ese mundo, y además intentaba paliar cualquier grado de controversia experimentado en su círculo familiar. Sus padres no dejaban de pelearse, vivía un puro drama aquella rubia aniñada. A los 10, se divorciarían. Entre la poca comunicación que existía entre sus padres, y que a ella le mandaban de un lugar a otro para tenerla lejos de ese conflicto... Ella acababa hartándose. A Elisabeth le gustaba estar con sus primos y sus abuelos, pero evitaba en cualquier situación encontrarse con los otros dos. Los años no tardaron en pasar y a pesar de que en su vida emocional hubiese pasado un bache como el de Jakob Hoffman, sintió la necesidad de cortar raíces e ir a la misma Universidad que la de toda la familia Maier, a estudiar lo que le gustaba; El Derecho. Tenía pensado acabar aquella carrera y una vez así entrar en el bufete de su abuelo, no tardó demasiado en acabar y así hacerlo. Empezó a hacerse un nombre en el propio bufete, subiendo escalafón y a raíz de pelearse con unos y con otros llegó a dónde quería. Deseaba poder ser una digna sucesora de su abuelo y así hacerse con la empresa. Tenía todo en mente, pero por su vida se cruzaron un par de ''obstáculos'' que no podía dejar de lado. Se casó con el que creía ser el hombre de su vida, creyó estar embarazada de él y justo después de descubrir todas las mentiras que le había estado diciendo, se divorció y se encontró con que no era el padre de sus actuales retoñas. Al parecer este bombo sorpresa vino de regalo por un encuentro que tuvo con el que ha considerado -y sigue considerando- su mejor amigo, y actual pareja, Boris Dixon. Su vida sentimental parecía mejorar, y hasta la de sus padres que volvían a las andadas con encuentros sexuales muy de la época de los setenta. Pero su vida no se vio completa hasta que por fin, el mismo día de sus veintiséis cumpleaños su abuelo y su padre le regalasen la meta que siempre había ansiado; Ser la dueña del bufete. Madre de gemelas, dueña de cuatro perros, novia de lo más encantadora y ahora, jefa de su propio mundo. ¿Se podría pedir algo más?.
New York's Drama Queen
Elisabeth A. Maier
Normas básicas
Ξ Mínimo 10 líneas completas.

Ξ El +18 está permitido on-rol, se debe indicar en el post.

Ξ Recuerda que saludar a los demás en la CB es parte de una convivencia más agradable y llevadera.

Ξ Avatar: 220x400 / Firma: 500x250

Ξ La multicuenta está permitida, pero si el primer PJ es femenino, el segundo debe ser masculino, sin excepciones; lee el reglamento completo para mayor información.

Ξ Antes de realizar registros hay que tener aceptada la ficha.

Ξ Para tener color hay que tener la ficha aceptada, todos los registros hechos y el MP de la cuenta New York respondido.
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Stardom
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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Sáb Abr 09, 2016 1:37 am

 
¿Cómo podía clasificar la experiencia del infierno? Pregunta sumamente complicada, pregunta que llevaba días rondando su obnubilada mente. Todo partió tan normal que aburría, la noche no prometía más que un nuevo intento de sobresalir entre la sociedad, un nuevo intento fallido en el que obtendría como resultado otra noche de películas y palomitas en la casa de Jamie. Sin embargo, el destino era poderoso, las cartas le habían indicado que esa noche las fluctuaciones en su aura serían intensas, no especificaba como, pero El Rey de Copas y El Ahorcado lanzaban señales contradictorias. Tendría el poder, pero a la vez sería destruido. La noche se reducía a una espesa nebulosa de gas y neón, una nebulosa asfixiante que no dejaba nada en claro. Primero conversaba con su mejor amiga, luego aparecía él, el dueño de sus suspiros, el objeto de sus noches agitadas. Pero de ahí en más, la situación se volvió confusa… Su cabeza se llenó de pajaritos patrocinados por el polvo blanco que había sobre una mesa; una, dos o tres líneas, no lo recordaba bien, solo recordaba la inquietante incandescencia de su nariz. Hasta ahora no podía evitar rascársela de vez en cuando, solo por costumbre, solo por el vívido recuerdo de la coca ingresando a su tracto respiratorio. Besó a Nico, presa del éxtasis, tanto propio como externo… saboreó sus deliciosos labios, y luego los de alguien más… Había una pecera, habían luces tenues y otras más potentes; manos, lenguas, caricias, golpes… No sabría decir si estaba fascinado o traumatizado. Pero algo realmente malo había ocurrido, lo supo al otro día, o al siguiente… o al siguiente. No tenía claro cuantos días pasó dormido, y sus hermanos tampoco se atrevieron a aclarárselo. Estaban muy molestos, pero Ainsley no se sentía capaz de asignarle un nombre a dicho sentimiento, ya que parecían más consternados con la vida en sí, que con el menor de sus mellizos.

El pelirrojo no podía asegurar nada, nada más que el hecho de que despertó en la suite privada de la clínica más costosa de la ciudad, su brazo estaba conectado a dos mangueras, su cuerpo parecía haber sido arrollado por tres manadas, una de elefantes, otra de hipopótamos, y posiblemente, la última fue de tiranosaurios rex.  Quizás no volvería a comer en lo que le quedaba de vida, y podía decir que se sentía feliz por aquello. Sufrió una sobredosis, o al menos eso captó de la lejana conversación que tenían Thibault y Corentín con el doctor. Gracias a Dios tenía dinero, no terminaría detenido, su padre no se enteraría… No obstante, todo aquello perdió importancia cuando encontró su teléfono en el velador ¿Estaría Nico por allí? Impaciente encendió el aparato, encontrándose con un número y una dirección. Al menos él si era real… Alegre, a pesar de haber sido arrollado, dejó la clínica días más tarde.

Sostenía entre sus delgadas manos el exagerado aparato que tenía por celular, la dirección de Nico alumbraba su pálido rostro desde la aplicación de Notas. Llevaba un rato debatiéndose entre creer o no creer. Esto parecía salido de una película policial, o… de Skins, quizás. Nico tenía dinero, más que mal iba a su escuela, pero no dejaba de parecerle fuera de lugar esa suntuosa casa. Su mente continuaba traduciendo el nombre ajeno en peligro, y más ahora que parte de su memoria había sido extirpada por alguna clase de poder proveniente de tan misterioso muchacho. Inspiró dramáticamente antes de tocar el timbre una vez semi prolongada, tal como el protocolo requería. Su corazón bombeaba tanta sangre a su rostro que temía volver a despertar en el cuarto de una clínica.- Buenos días, soy Ainsley De Vroome.- Murmuró al micrófono del sitófono al recibir respuesta. Aun no era demasiado tarde para huir, pero no podía...

Anhelaba el regusto a divinidad...

Ainsley B. De Vroome
Localización :
Wherever the carrots live

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Mensaje por Nico Farrell el Sáb Abr 09, 2016 8:02 pm
Todo parecía indicar que aquello terminaría allí. Arropado en el frío del mármol del piso, derrotado, como un recuerdo latente de lo que había sido en un momento. Había gobernado el infierno y al final éste terminó por consumirlo hasta no dejar más que un esqueleto chamuscado en dramático contraste con el blanco impoluto de las cerámicas. Pero el destino tenía otros planes, aún no era tiempo de darse por vencido. Aún le quedaba un largo trecho por recorrer. ¿Qué estás haciendo, Nico? Le dijo aquella voz conocida, aunque es difícil escucharla con claridad cuando tu cabeza está sumergida en el agua. Vio pasar frente a él a los peces de colores iluminando el oscuro fondo del océano. Abrió sus ojos y observó que el fondo del océano no era negro, sino blanco. El oxígeno se le escapaba en burbujas que anunciaban que había vuelto a la vida. Alguien tiró de su cabeza para atrás y emergió a la superficie, mientras sus cabellos se le pegaban al rostro como tentáculos que le abrazaban. No sabía donde estaba hasta que vio su reflejo delante suyo y comprendió que aún estaba en aquel baño de mármol. Detrás de él, la virgencita. ¿Qué estás haciendo, Nico? Repitió, con mayor claridad e insistencia. Siempre se le aparecía en momentos en donde no tenía la respuesta a su pregunta, pero esta vez era diferente. Esta vez sí sabía que iba a hacer.

"I was an angel living in the garden of evil."

La virgencita era la amiga que le había hundido el rostro en el lavabo para que despierte. La virgencita era el chico que conocía a los De Vroome y le dijo en qué hospital se lo habían llevado. La virgencita era el taxista que le había llevado a su casa antes de ir allí. La virgencita era su madre muerta quien lo escoltaba en las sombras, llorando en silencio. Caminó por los asépticos pasillos de la clínica, adentrándose en la mismísima boca del lobo. Reconoció su melena de inmediato y sintió el deseo de arrojarse a sus brazos, pero al acercarse a él comprendió que no era Ainsley. Era un centinela que vigilaba la puerta y no se molestó en disimular su disgusto al verlo. - ¿Cómo está Ainsley? ¿Puedo verlo? - Exigió saber, intentando asomar su rostro por la puerta donde debía estar su Adonis. Recibió otro empujón por parte del centinela - Le dio una sobredosis y no te quiere ver. Será mejor que te vayas por donde viniste. - Respondió el pelirrojo y los ojos de Nico se llenaron de lágrimas de vuelta. Le creyó sin pensárselo dos veces ¿Por qué querría verlo? Él le había causado ésto, había jugado a un juego peligroso en el que Ainsley había salido perdiendo. Era un imbécil, era todos los adjetivos que su padre biológico usaba para describirlo. ¿Qué estás haciendo, Nico? Repitió la virgencita. - Le quería dar ésto, dile que lo siento. - La voz le temblaba y su espíritu estaba derrotado. Le entregó el móvil y se dio media vuelta para marcharse corriendo. ¿Qué estaba haciendo?

"No one is gonna take my soul away."

Se encontraba en el sótano, con el organismo limpio y la mente clara pero aún atormentada. Su cabeza no dejaba de dar vueltas sobre lo sucedido aquella noche. Ainsley no me ha llamado ni me ha mandado un mísero texto. Puñetazo. Pero era obvio que no lo haga, seguro me odia. Puñetazo. Imbécil, siempre la tienes que cagar. Puñetazo. Estaba buenazo y la cagas. Puñetazo. Igual parecía un buen chico. Puñetazo. ¿Por qué estaría interesado en mí? Seguro que quería enrollarse y ya. Puñetazo. Quítatelo de la cabeza, mierda. Puñetazo. No importara que tantos puñetazos diera, la bolsa de boxeo siempre volvía buscando más riña. Era un rival insaciable y la pelea terminaba hasta que Nico quedara agotado. Y hoy parecía ser de esos días en los que no se daría por vencido tan fácilmente. Le subió el volumen a la música de sus auriculares para acallar sus pensamientos y seguir dando pelea.

Arriba, mientras tanto, la decrépita ama de llaves le abría la puerta a cierto pelirrojito de mejillas ardientes. - ¿Sí? - Preguntó la mujer con algo de curiosidad por el visitante. Se veía demasiado joven como para ser un conocido de Gabriel y demasiado educado como para estar relacionado con el torbellino hecho persona que había llegado a la casa hacía unos meses.
Nico Farrell
Localización :
Manhattan

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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Dom Abr 10, 2016 2:51 am

 
Sabía que algo le ocultaban sus hermanos, los conocía como a la palma de su mano, aun cuando llevasen tantos años sin hablar-como ocurría con Corentín- Más que mal, eran mellizos, tenían conexiones maravillosas, imposibles de comprender por alguien que no ha compartido un útero jamás. No obstante, su poder de mellizo llegaba hasta ahí, las imágenes eran difusas, sutiles presentimientos, nada de premoniciones: No tenían lazos mentales mágicos, no eran un Sense, o algo por el estilo, aunque hubiese sido realmente gratificante serlo. Tenía claro que estaban preocupados por él, que a la vez se sentían culpables… y además, habían pagado extra para que lo dejasen interno más días de los necesarios en la clínica ¿Qué podía estar ocurriendo allí? Sabía que Nico tenía algo que ver… el teléfono llegó de vuelta a sus manos junto con su limpieza mental y física ¿Mientras estaba inconsciente, el moreno estuvo con él? De solo pensarlo se le humedecían los ojos, de solo pensarlo, se sentía como en un sueño de esos tan tontos que solía tener mientras le perseguía por la escuela ¿Sería eso lo que sus clones le querían ocultar? ¿Querían apartarlo de Nico? No era de extrañar… más que mal, era un chico, más que mal era afroamericano, más que mal… ellos eran De Vroome. No existía en el mundo un lastre más grande que llevar ese horroroso apellido. Pero no lo permitiría, no permitiría que le arrebataran algo que por fin tenía regusto a triunfo personal, y a otras cosas más hermosas aun. Solo necesitaba desembarazarse de sus protectoras miradas, volver a vestir de Gucci y escapar de casa.

Luego de tocar el timbre de la, que se suponía que era la casa de Nico, una anciana mujer ataviada con ropa de sirvienta salió a recibirle. Su rostro se mostraba incrédulo ¿Qué estaba ocurriendo? Pestañeó un par de veces algo incómodo; estaba acostumbrado a tratar con la servidumbre, pero esto resultaba ligeramente diferente-sin mencionar que sus nervios estaban al rojo vivo porque vería al chico de sus sueños en un par de minutos, y porque llevaba días sin comer y sin fumarse un cigarrillo. Era más ansias que persona- Pero basta, basta, tenía que dejar de actuar como un idiota, tenía que demostrarle a todos de lo que era capaz. Adoptó sin mucha dificultad esa sonrisa que era el sello de su detestable madre, suavizó la mirada lo suficiente para parecer accesible y poderoso a la vez. – Buenos días, soy Ainsley de Vroome, señora. Quiero ver a Nico Farrell, por favor.- Articuló sin titubear un segundo.- Soy su compañero de la escuela, y le traigo una tarea que olvidó en mi casa hace algunos días.- No conocía la historia del moreno, no sabía con quién vivía, ni cómo, ni por qué. Sin embargo, podía intuir que algo extraño ocurría ahí, la expresión de la mujer, su reacción, incluso sus movimientos delataban lo incomoda que se sentía con la simple mención de aquel nombre.- ¿Puedo pasar?- Cuestionó finalmente, al notar que no había intenciones de atender sus peticiones. Le irritaba, pero lo comprendía, Nico y él eran distintos, demasiado distintos para que los mortales les comprendieran. Pero al pelirrojo le bastó un beso interestelar, unas caricias con pasaje directo a Urano, unos jadeos palpables, asfixiantes, carentes de atmósfera, para comprenderse, para comprenderlo a él, para comprender que todo en la vida es circular, no lineal, y si desde este punto de vista se encontraban ambos en extremos opuestos y disonantes, desde el otro punto de vista, estaban ambos sentados uno junto al otro, simplemente destinados a tocarse algún día. Sonreía con diplomática cortesía mientras que su cabeza estaba a punto de estallar por la expectación, y la mucama no parecía comprender.

Finalmente,  sus costosos zapatos italianos tocaron la igual de costosa cerámica del piso de la sala Farrell, la mucama lo guiaba sin mucho entusiasmo, pero sí con demasiada curiosidad para su gusto. Caminaba erguido, y le dirigía amables, pero severas miradas a todos los presentes. Ainsley era un error social por donde se le mirase, pero si algo sabía hacer muy bien era relacionarse con el servicio, después de todo… Era un príncipe de tomo y lomo, nació como tal, y posiblemente moriría del mismo modo. Sin siquiera darse cuenta, se encontraba frente a una escalera.- Puede encontrarlo abajo.- Señaló la mujer, confiaba en él lo suficiente como para no servirle de chaperona hasta el final. Lo agradecía, necesitaba su segundo de descontrol, su segundo a solas para sopesar lo nervioso que estaba de encontrarse con ese par de agujeros negros que lo habían absorbido sin remedio.- Muchas gracias, señorita. Hace usted un maravilloso trabajo.- Inclinó su cabeza a modo de agradecimiento y se dispuso a descender. Solo hizo falta que la ama de llaves se retirara para que el encanto se rompiera; la sangre bombeando a toda velocidad, el pulso chocando contra sus sienes, sus manos temblando ligeramente ¿Por qué Nico ocasionaba eso en él? ¿Quién era ese extraño chico, y qué le había hecho?

Lo primero que encontraron sus ojos al ingresar al sótano fueron un par de mamparas maravillosas que enseñaban árboles milagrosamente vivos bajo tierra: quizás una silenciosa representación de lo que estaba a punto de ocurrir. Zapateó ligeramente, buscando al dueño de sus más recientes esperanzas. El ligero rumor de unos golpes cercanos lo guiaban con sutileza.- ¿Nico?...-Murmuró con voz ajena, pero sin obtener respuesta.- ¿Nic…- Las palabras quedaron colgando de su lengua, como aquel suicida cobarde que no se atreve a saltar. Pero él tenía razones coherentes, razones de mucho peso para quedarse ahí parado en silencio por un segundo, por un minuto, por una vida… Los músculos de la espalda ajena danzando bajo su camiseta húmeda, el saco de boxeo meneándose de un lado a otro; su cabello, su rostro, su boca Oh por dios… Sus manos cayeron paralelas a sus caderas y a su aliento ¿Era eso lo que imaginó cuando echó el seguro de su cuarto? No, no existían comparaciones posibles entre la fantasía y esa embriagadora realidad. No quería interrumpirlo, no valía la pena. Avanzó por inercia para dejarse caer sigilosamente en un sillón cercano. Ahora tenía permiso para espiar, y pensaba aprovecharlo hasta las últimas consecuencias.

Ainsley B. De Vroome
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Wherever the carrots live

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Mensaje por Nico Farrell el Dom Abr 10, 2016 2:44 pm
No importara que tan fuerte sonara la música, no podía pensar en otra cosa, no podía pensar en nada. ¿Cómo era posible que aquel pelirrojo que no conocía de nada se le hubiera metido a la cabeza de tal forma? Era como si hubiera caído en una de esas brujerías que su tía solía hacer. Mujeres y hombres hacían fila en la puerta de su casa para requerir de sus servicios. Amor y dinero, esas eran sus especialidades. La bruja solía asegurar un noventa y nueve por ciento de efectividad.  "Tu enamorado no dejará de pensar en ti en ningún momento" decía. Pero que el pelirrojo hubiera acudido a los servicios de una bruja era tan inverosímil como que tuviera un interés genuino en hablar con Nico después de lo ocurrido aquella noche. No lo podía culpar, sin embargo. Había sido un encuentro casual y fugaz, como aquellos cometas que pasan por el planeta cada mil años. Un hecho extraordinario que difícilmente volviera a ocurrir, estaban a años luz de distancia después de todo. Lo estaban, ambos vivían en diferentes planteas, en diferentes galaxias. Le había buscado en Facebook, y aunque el pelirrojo tenía su perfil privado, gracias al de sus hermanos - con mayor presencia en las redes sociales - pudo obtener cierta información de Ainsley. Era rico, asquerosamente rico, incluso más que Gabriel. Su padre era un senador o algo. Venían de un país cuyo nombre no se acordaba y aún menos podía ubicarlo en el mapa. Era un año menor que él y tenía un par de amigos en común. Lexie y otros chicos del colegio, nada fuera de lo esperado. Los niños ricos del Upper East Side se conocen entre sí y se dan cuenta de que no perteneces a su selecto grupo. Y aquello no sirvió más que para reforzar la teoría de Nico, definitivamente venían de diferentes mundos y sus órbitas jamás se cruzarían. Lo mejor sería quitárselo de la cabeza y ya. No tenía sentido seguir dándole vueltas al asunto.

Él tenía claro aquello. Era el hijo de un afroamericano desempleado y una inmigrante colombiana ilegal, había nacido en el peor barrio de aquella sórdida ciudad y había sido un nadie durante la mayor parte de su vida. Una cifra más en las estadísticas del gobierno, una causa perdida que no tenía sentido remediar. Ya era tarde, habían asuntos más importantes para el Estado que un niño huérfano ¿Qué más daba si un policía blanco le disparaba por la espalda sin más? Alegaría que estaba mostrando resistencia y le creerían, era un afroamericano del Bronx ¿Qué más se podía esperar que no fuese un criminal? Y además estaba solo, sin familia que reclame por su muerte como lo habían hecho con Michael Brown. No, el Estado tenía que ocuparse de otras cosas. Estaban los locos del ISIS o los niños blancos de clase media asediando escuelas a los tiros. Nadie tenía tiempo para un niño negro sin familia y sin futuro. Nadie a excepción de Gabriel Farrell.

Sus pies se elevaban del piso con cada puñetazo que daba, atacando a su oponente desde todas direcciones. Sus sweatpants grises se ceñían a la parte inferior de su cuerpo luciendo sin pudor las curvas de sus glúteos y de su entrepierna, que se balanceaban ante sus movimientos enérgicos.  Era como si estuviese bailando, una danza sincronizada que seguía los versos del rapero enfadado que sonaba en sus auriculares. Sus twists se levantaban y caían en movimientos graciosos, acompasando sus saltos. Su compañero de baile era el saco de boxeo que no se quedaba quieto ni un segundo, siempre volvía por más revancha. Los nudillos empezaban a dolerle y la transpiración caía a chorros del nacimiento de su cabello, eliminando las últimas toxinas que habían quedado en su organismo de aquel polvo blanco. Su respiración era entrecortada y entre jadeos, dejó escapar un suave gemido acallado - para Nico - por la canción que estaba escuchando. Decidió darse un descanso, hidratarse un poco para luego continuar. Tomó el saco de boxeo con las dos manos e impidió que se volviera a balancear. Cuando estaba buscando la toalla para limpiarse la transpiración, observó por el rabillo del ojo que no estaba solo. Había un espectador anónimo en el sillón.

Pero cuando giró a ver, no pudo evitar dar un salto del susto como si hubiese visto un fantasma a pesar de estar familiarizado con ellos. Y era Ainsley la última persona que se esperaba encontrar allí, observándolo en silencio y luciendo tan perfecto como siempre. - ¡Ainsley!  - Exclamó el moreno sin poder salir de su asombro, quitándose los auriculares de los oídos y dando unos pasos para adelante - ¿C-Cómo entraste? Digo, ¿Cómo estás? - Su mente se debatía internamente si arrojarse sobre el pelirrojo en un abrazo o mantener las distancias ¿Venía a hacer las paces? ¿Venía a reprenderlo? No tenía importancia, Ainsley había venido.
Nico Farrell
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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Mar Abr 12, 2016 12:54 am

 
Ainsley se había preguntado más de una vez qué había hecho mal para merecer ser como era ¿Qué había hecho mal para ser un pelirrojo extraño sin ningún atributo en especial? No tenía grandes amigos, tampoco tenía pasatiempos que lo llenasen por completo. Era triste, se le mirase por donde se le mirase. Le gustaron muchos, dos o tres lo tomaron en cuenta… Dos o tres que le rompieron el corazón irremediablemente. Sin dudas, el peor fue Marcus, machacó su amor propio hasta dejarlo irreconocible, inutilizable, lo hizo bola y lo lanzó al tacho de la basura. Cómo si la tarea que hacía Guillaume no fuese suficiente. Pero su psicólogo le dijo alguna vez que todo aquello estaba en su mente, que el patrón agresivo que sus padres le imponían lo guiaban silenciosamente hacia la sinuosa senda de los individuos destructivos. Pero debía superarlo, luchaba por superarlo todo el tiempo... Porque había una sola cosa que no quería cambiar de sí mismo, y eso era lo seguro que estaba de cuanto le gustaban los chicos. Alguna vez se lo cuestionó, incluso se lo repudió, se culpó a sí mismo como de todo lo demás, y como todo el resto lo hacía, pero no duró demasiado, y se sentía plenamente orgulloso de aquello, ahora más que nunca. Estaba logrando una de las muchas cosas que deseaba en la vida, o al menos eso quería creer. Esto no tenía que ver con ser como sus hermanos, ni con popularidad, ni con revelarse ante la vida… Esto se trataba puramente de un hermoso presentimiento que llevaba meses rondando en su corazón. Una palabra silenciosa, un susurro nocturno, una advertencia que no se atrevía a abandonar su pecho en ningún momento. Le gustaba Nico, le gustaba desde que lo vio por primera vez en la escuela… ¿Por qué? No podía comprenderlo, pero simplemente era así, y aunque quizás se tratase de un simple capricho, ese capricho se estaba volviendo realidad. Nunca pudo despegarlo de su mente antes de aquella noche de besos prohibidos en el mundo idílico gobernado por el rey de sus sueños; pero ahora las cosas se habían vuelto mucho más críticas. Quería volver a probarlo, quería volver a acariciar su piel, enredarle los dedos en el cabello, sentir su respiración demandante en el cuello… Quería conocerlo más allá de las drogas, meterlo en casa aunque a nadie le gustasen sus orígenes, huir a sus cabañas en el campo y no salir del cuarto por tres días seguidos. Estaba loco, quizás fantaseando demasiado, pero lo imposible le atraía; Nico era el enorme planeta, y él estaba dispuesto en convertirse en su pequeña luna blanca.

Hacía rato que el tiempo había dejado de correr en aquel subterráneo, su reloj de cuerda, su teléfono y su corazón se detuvieron a la par ante tan increíble espectáculo ¿Estaría Nico haciéndolo apropósito? De ser así… Resultaba demasiado cruel para sus hambrientos ojos. Lo recorría de arriba abajo, cada salto era una mezcla de infierno y paraíso… Sus twist revotando al compás de un baile errático, de una lucha sin enemigo. Aunque tal vez sería él quien saldría doblegado. Mordió su labio inferior con fuerza al posar sus orbes en aquel marcado trasero, en sus piernas. Ya no tenía claro que suspiros eran propios, y cuales no; la sangre acudiendo a sus mejillas y a otras partes sin aparente pasaje de retorno. Esto estaba mal ¿Debía levantarse e irse? ¿Sería ya momento de anunciar su presencia? El gemido del moreno lo sacó definitivamente de sus cabales, removiéndose inquieto en el sillón que adoptó como propio, acercó con disimulo su mochila de cuero a su entrepierna. Esto estaba muy mal. Cruzó las piernas en un burdo intento por mitigar la codicia de su deseo cuando notó que el objeto de su devoción regresaba a su órbita natural lentamente. Le alegraba verlo a la cara, escucharlo hablar, aun cuando su cuerpo no estaba en el mejor momento.- …Hola Nico.- Murmuró esbozando una tímida sonrisa mientras acomodaba mejor la mochila en su regazo. En otras circunstancias se hubiese puesto de pie, quería abrazarlo, cerrar las puertas, acabar con aquello que sus entrepiernas tramaban en silencio. Desvió su mirada disimuladamente hacia ese sector. Sip, no era el único en problemas. El rubor manchó la lechosa piel de sus mejillas, y terminó por inclinarse un poco hacia adelante a modo de saludo. Quería tocarlo, abrazarlo, darle las gracias ¿pero cómo pedírselo a quien solo has besado en sueños?

Bueno… tu ama de llaves me trajo hasta aquí.- Comentó respondiendo a la primera pregunta ajena, contento de poder hablar con fluidez a pesar de la enorme fuerza gravitatoria que lo estaba afectando en ese momento.- Y tú estabas…- Señaló el saco de box con la barbilla.- No quise interrumpir.- Sonrió con educación antes de agachar la mirada imposibilitado de dejar atrás del todo su timidez.- ¿Practicas boxeo profesionalmente?... Lo haces muy bien- Quería saber todo de él, quería enterarse hasta del más pequeño detalle, aun cuando no viniese al caso.- Yo… bueno.- Inspiró profundo buscando la manera de introducir correctamente el tema que realmente lo convocaba.- Quería llamarte, pero estuve en la clínica.- No sabía cómo fue que terminó allí, pero algo le decía que el moreno tenía muchísimo que ver.- Ahora salí… yo.- Acarició su labio inferior intentando revivir aquel mágico contacto.- Gracias por todo. No sé qué pasó, pero, gracias. Y perdona a mis hermanos, son un poco… Conflictivos. Y perdóname a mí por lo que haya hecho.- Asintió sin saber muy bien cómo seguir, por lo que solo carcajeó tímido.- Lo siento, no puedo parar de hablar ¿Cómo estás? Es increíble que viviéramos tan cerca.- Este era el otro extremo de su ansiedad crónica ¿Se podría pagar para que la tierra te tragase? Ainsley hubiese sido capaz de invertir una gran suma en aquel momento.-


Ainsley B. De Vroome
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Mensaje por Nico Farrell el Mar Abr 12, 2016 2:15 pm
Tenerlo a Ainsley allí era como un espejismo, una mala jugada como las que su mente le hacía cuando exigía más sustancias después de un tiempo de abstinencia. Se veía tan fuera de lugar como lo había estado en aquella fiesta, sin encajar en el escenario oscuro y sórdido de aquel sitio. Era un corderito que había perdido a su rebaño ¿O éste lo abandonó a él? Tal vez ese era el asunto con el pelirrojo, aún no tenía un lugar que le perteneciera. Sintió la necesidad de lanzarse a sus brazos y que perteneciera a él, de no dejarlo solo nunca más. Frunció su ceño ante aquella estúpida idea. Ainsley no le deseaba de esa forma, si fuese así por lo menos se hubiese dignado a pararse y saludarlo. Comprendió el hecho de que el chico se quedara sentado como un acto de distancia y solemnidad ante la situación. No venía a revivir lo sucedido aquella noche, venía a ofrecer una disculpas - ¿Era el pelirrojo quien se debía disculpar? - por simple caballería y formalidad. El mundo de los ricos del Upper East Side le había parecido mucho más sencillo antes de que empezara a formar parte de él. Nunca había tomado en serio las quejas de su amiga Lexie, no sabía lo que era necesitar aparentar algo que no eras, que todos tuvieran altas expectativas puestas sobre ti, que la excelencia no era un logro, sino una obligación. Pero todo aquello cambió cuando Gabriel lo acogió en sus brazos y lo presentó ante la sociedad como un Farrell. Cuando le empezó a obligar a asistir a exposiciones y fiestas cóctel, a sonreír y disimular su ausencia de educación. En alguno de aquellos eventos había visto a Ainsley, agazapado en una esquina con una copa de champagne en su mano. Incluso en su propio mundo aquel pelirrojo parecía fuera de lugar, incómodo como si el traje le picara o la bebida le sintiera mal. ¿Qué era lo que pasaba por la cabeza de aquel enigmático niño rico? Quería saberlo, quería conocerlo más y que le demostrase que no todos los ricachones de Manhattan eran como los imbéciles de su colegio.

Se dejó caer en el sofá de al lado, secándose la transpiración con una toalla. Se inclinó hacia delante y apoyó sus codos en sus rodillas, sin despegar su atención de un Ainsley de mejillas enrojecidas. Era jodidamente adorable. Sus orbes oscuras recorrieron el delgado cuerpo del pelirrojo, incluso después de haberse pasado unos días en una clínica por sobredosis seguía luciendo impolutamente perfecto, como un modelo de pasarela. Vestido a la última y con un embriagante perfume caro. - No, no lo hago. - Respondió divertido ante su pregunta, dejando escapar una carcajada que relajó el ambiente. ¿Qué podía saber aquel muchachito blanco del boxeo profesional? - Sólo que empecé a practicarlo como hobbie desde que me mudé con Gabriel. - Recorrió con la mirada el sótano, dispuesto de todo tipo de aparatos de gimnasia y demás artilugios desconocidos para él que su tutor legal solía usar para su rehabilitación. - Hasta tiene una piscina y todo ¿No es impresionante? - Señaló con el mentón la puerta entreabierta que dirigía a la impresionante piscina que había en la residencia. Era consciente de que aquello sería más que normal para Ainsley, pero vivir en una casa lujosa después de haber estado un buen tiempo en la calle era un verdadero sueño para Nico. Aún no dejaba de asombrarse de aquel sitio.

Se quedó extrañado ante la sarta de palabras que el pelirrojo le soltó ¿Por qué se estaba disculpando él? Ainsley había sido su víctima en aquella noche infernal. Podía haber estado con él sin necesidad de aquel perverso juego al que Nico le sometió, obligándolo a probar su coraje al consumir el polvo blanco de la mesa, al engatusarlo entre susurros y besos, caricias y jadeos. Odiaba aquellos momentos en los que la droga lo convertía en un monstruo insolente, en un rey sin piedad que jugaba con las personas como piezas en un tablero de ajedrez. - ¿De qué mierda hablas? - Lanzó sin más, sobresaltándose hasta él mismo de su reacción. - Lo siento, no te quise gritar. Pero ¿De qué estás hablando? Soy yo quien te tiene que pedir disculpas, Ainsley. Perdona, he sido horrible contigo. - Su memoria volvía a perderse en aquella pesadilla recurrente en la que Nico abrazaba a un Ainsley poseído e inconsciente, rogándole a la muerte que aún no se lo llevase. - Te obligué a hacer todas esas cosas y ni siquiera te conozco. No tenía ningún derecho a comportarme así, estaba drogado. Lo siento. - Posó su mano sobre la rodilla del pálido muchacho, ansiaba su tacto, sus labios. Todo aquello que tuvo en un momento y lo echó a perder por negligente.

- Sé que sólo vienes a disculparte y toda esa historia, pero me gustaría que me dieras una segunda oportunidad. - ¿Había tenido una oportunidad en un primer momento? Frunció su ceño con desconcierto, sin poder comprender aquellas palabras que escapaban de su boca antes de que pudiera pensarlas. Jamás le había pasado algo así con un chico, todas las relaciones que había tenido no eran más que un juego por parte de ambos, un juego que duraba hasta que alguno de los dos se aburría de aquello. Nico solía decir que no era más que amor líquido, inestable y escurridizo. Era un gas que lo mantenía flotando en una nubecilla de placer un buen rato hasta que se aburría y buscaba a otro con el mismo desapego que él. Pero Ainsley, Ainsley era otra historia ¿Por qué le gustaba tanto un chico que no conocía de nada? No lo sabía, ni le interesaba la respuesta. Quería saberlo todo de él y le preocupaba lo que pensara. Se preocupaba por él. - Por favor...
Nico Farrell
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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Miér Abr 13, 2016 12:34 am

 
No importaba cuantas veces examinara ese gimnasio subterraneo, ninguna de ellas le ayudaba a asimilar al moreno en un ambiente de ese tipo. No lo mal interpreten, lucía hermoso, apolíneo, irreal… Era la mancha más perfecta y disonante a la vez en aquel blanco lienzo que comienza a develar la obra de arte que trae oculta bajo tanta frugalidad. Pero aunque le pareciese idílico-todo lo que tenía que ver con Nico lo era- seguía incomodando en el interior de su cabeza. Él no pertenecía a aquel lugar, y, ojo, los prejuicios no estaban haciendo mella en su percepción. Él no poseía prejuicios, solo ignorancia y curiosidad. Quizás por eso nunca encajó en la alta sociedad, porque ahí se vive de apariencias, se vive de estereotipos y huellas de generaciones pasadas. No importaba si el rey ha sido tu tátara tátara abuelo, tú debías seguir honrando su nombre, tú debías seguir siendo rey. Ainsley nunca lo pudo concebir, y mucho menos interiorizarlo, él era nada por ahora, pero estaba ansioso por comenzar a ser algo, y aquel moreno lo hacía sentir como si estuviese yendo por tierra derecha. Ni la cuna de oro, ni los juguetes de diamante, ni los modales, ni siquiera la etiqueta ayudan a crecer, solo crían más y más inútiles, porque cuando tienes dinero, el esfuerzo no es admirable, es una ridiculez. Sin embargo Nico, Nico era diferente, no por su color de piel, sino que por su actitud. Él no tenía status, él tenía carácter, sabía mirar a la vida a los ojos y dejarle en claro que no sería tan fácil derrotarle, sin importar que tan hija de puta pudiera ser. Sus maneras lo dejaban en claro, cada uno de sus gestos, sus movimientos, sus palabras… incluso su respiración se podía considerar como una declaración de guerra. Por eso, él no pertenecía ahí, por eso lo volvía tan loco, por eso llamaba tanto su atención. Él era vida, irrupción, irreverencia, y de la mejor manera posible. Lo ponía de cabeza, dejaba que la sangre se agolpara en sus sienes, y aparentemente, no tenía planes de dejarlo caer. No aun al menos.

Notó como el peso ajeno hundía el sofá a su lado, podía percibir el calor de su piel, su aroma, esa esencia que lo embriagó días antes. Le daba algo de vergüenza mirarle, pero podía divisarlo claramente desde el rabillo de su ojo. Era condenadamente sexy, quería lanzársele encima, y sumergirse en aquel océano una vez más, pero ahora gozando de plena voluntad y consciencia. Pero no, seguramente eso no volvería a ocurrir, Nico jamás se fijaría en alguien como él, por más que su corazón así quisiera creerlo.- ¿Gabriel?...-Cuestionó curioso, volviéndose por fin hacia el moreno. Sería algún tío, algún familiar.- Me he estado preguntando… La familia de la señora Obama tiene algunos miembros de apellido Farrell ¿Eres familiar de ellos?- Cuestionó curioso, mas no ansioso de recibir una respuesta positiva. Tenía en su cabeza mejores historias para los orígenes de su amor platónico, orígenes mucho más creativos que ser familiar de la Primera Dama.- Bueno, sea como sea… Lo haces muy bien, deberías… - Sonrió sinceramente mientras dirigía la mirada curioso hacia el objeto de su atención ¿Tan grande era aquella casa? Sí, no le sorprendía demasiado, en Bélgica casi tenía una piscina en el cuarto, pero… Había algo más ahí, algo que sí llamaba profundamente su atención. A pesar de hacer cosas de adultos, Nico tenía el alma de un niño de cinco años, ávido, hambriento, emocionado, como si hubiese entrado por accidente a la fábrica de Willy Wonka. Era definitivo, él no pertenecía allí. Sonrió enternecido ante su descubrimiento. Cada segundo le gustaba más ese chico.- Es increíble… En mi departamento no hay espacio para una piscina.- Asintió juzgando su propia manera de hablar, no quería sonar petulante, sino sincero.- Me gustaría ver tu piscina…- Susurró sin despegar la vista de la puerta entreabierta.- Soy bueno nadando… Hago remo en la escuela.- Le asustaba lo mucho que estaba hablando, pero había algo lindo en todo aquello: No tenía que esforzarse, era natural, era él, era Ainsley a secas, solo Ainsley… y Nico, claro.

Dio un respingo al escuchar la exclamación ajena, no estaba acostumbrado a que la gente subiera la voz, y menos aun utilizando tacos al dirigirse a él. Pero Nico era así, debía recordarlo… más que mal, hasta ahora solo habían tenido tres encuentro, de los cuales, dos resultaron desastrosos. Esperaba que este tuviera un mejor final. Se alejó por instinto, pero su consciencia lo obligó a volver a estar cerca. No quería ser mal interpretado. Si de él dependiera, estaría sentado en el regazo de aquel chico. Lo escuchó hablar unos segundos, y mordió su labio inferior nervioso. Recordaba haber aspirado cocaína, recordaba haber besado a Nico, recordaba haber consumido éxtasis o algo por el estilo… No parecía haber sido una imposición, pero según las palabras del moreno, exactamente eso había sido. Sip, otra vez Ainsley actuando como un tonto, dejándose llevar, haciendo caso a ojos ciegos. Pero no se arrepentía, no esta vez. Como fuera, estaba acostumbrado a echarse la culpa de todo, y esta vez no sería la excepción. Escuchar disculpas desde otra boca, de vez en cuando se sentía bien. Por enésima vez esa tarde, una sonrisa sincera se apoderó de su rostro; sus ojos se desviaron hacia la calidez que la mano del mayor le proporcionaba a su rodilla. Que bien se sentía…- Tranquilo… Son cosas que pasan en las fiestas ¿no?- Cuestionó tímidamente. Él no era un experto en fiestas, pero la televisión le había enseñado unas cuantas cosas. Estaba dispuesto a comenzar a negociar un perdón mutuo, cuando las palabras ajenas invadieron sus sentidos llenándolos de azúcar, llenándolos de incredulidad. Al fin se sentía como alguien importante, o algo por el estilo… Nunca le había importado tanto a alguien como para que le pidiesen perdón, y mucho menos una oportunidad. Esperen ¿Oportunidad de qué?... ¿Acaso importaba?

Sonrió ampliamente esta vez, enseñando sus blancos dientes, inclinándose hacia adelante, dejando a un lado la mochila.- … Eres una grata sorpresa, Nico Farrell.- Confesó con la sonrisa en los ojos, y echándole mano a toda la valentía que el núcleo al interior de su pecho albergaba, posó sus pálidos dedos sobre los ajenos, descansando ambos en la comodidad de su rodilla.- Corentín te mintió, yo si quería verte en la clínica…- Confesó estirando un poco más su coraje para descansar su mejilla en el hombro ajeno. Dios, lo quería cerca, lo quería tan cerca como su piel le permitiera. Quizás resultase ridículo, apenas habían conversado, pero ¿Acaso las novelas de amor no hacen referencia a aquello? Al flechazo, a la pertenencia. Nico era todo lo que necesitaba, un Dios, un Rey… un Corazón. Quizás esta vez dos errores podrían convertirse en un acierto...¿no?

Ainsley B. De Vroome
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Mensaje por Nico Farrell el Miér Abr 13, 2016 7:26 pm
Aunque pareciera algo completamente impensable, Ainsley le ponía nervioso. No sabía si era el pelirrojo o el estatus que poseía, y aunque Ainsley lo negara una y otra vez y no lo sintiera así, no estaba a la par de Nico. Nunca lo estarían. Porque el moreno había crecido sabiendo que existía una grieta social que separaba a los de su clase con el resto. Una frontera cuyo único pasaporte que servía para atravesarla eran los niveles de melanina que poseías, acompañado de otros factores. Pero el mundo era así, oscuro y desalmado Incluso desde el útero, Nico estaba condenado a una vida en desventaja. Miradas, comentarios, incluso la palabra N eran vívidos recordatorios de que nunca sería como ellos, de que nunca lo tendría fácil. Que si quería algo, debía luchar por ello. Porque la cosas eran así, su madre nunca hablaba de aquello, tenía una visión optimista de la vida y le decía a su hijo que debía estar agradecido de haber nacido en Estados Unidos, en la tierra de la libertad, el american dream, que podía ser lo que quisiera. Pocas veces Rosario hablaba de su país natal, del que había escapado persiguiendo un sueño ¿Realmente aquella podrida ciudad era mejor que su Colombia? ¿Había vivido la mujer su sueño? Nico conocía la respuesta y sentía lástima por su difunta madre. Su padre, nacido y criado en el Bronx era más realista y por ello más tosco en sus palabras. Le había aconsejado, entre su quinto trago de whisky de la mañana, que debía ser el doble de bueno que ellos para alcanzar la mitad de lo que ellos tenían. El hombre lo había intentado, aseguraba, pero se vio doblegado por el alcohol. Y por este motivo, Nico ni siquiera lo había intentado ¿Qué más daba? Jamás lo alcanzaría. Tenía un autoestima increíblemente bajo para quien anda por la vida como si se fuera a comer el mundo.

Y Ainsley, Ainsley era la pureza. La inocencia y curiosidad de quien aún no conoce mucho sobre cómo es el mundo. Seguramente lo había tenido todo servido en una bandeja de plata durante toda su vida, pero sabía que algo más había allá fuera de su palacio de cristal. Probablemente hubiera experimentado el rechazo de algunos a causa de su sexualidad, pero aquello no se comparaba ni a la mitad de lo que era ser afroamericano. - Claro, porque somos negros debemos ser todos parientes ¿No? - Respondió con actitud cáustica. Resopló en silencio llamando a la paciencia, porque Ainsley hasta el momento era una cara bonita, pero si decía algo fuera de lugar podía echarlo a perder. Y Nico no quería eso. - Soy adoptado, Ainsley. ¿De verdad te parece que pertenezco a todo este... mundo? - Inquirió acompañado con un levantamiento de cejas - Gabriel Farrell es.. - tardó unos milisegundos en decir lo siguiente, tomando aquellas palabras con pinzas - ..mi padre ¿No le conoces? Ex-militar, en silla de ruedas, blanco... - Lo describió vagamente, no le sorprendería que el pelirrojo supiera quien era, después de todo la élite de Nueva York era una burbujita estrecha y el apellido Farrell se alzaba como un emblema de poderío y dinero, una dinastía a la que Nico no sentía como propia a pesar de la insistencia de Gabriel. Sus cejas se torcieron hacia adelante y sus labios se convirtieron en una línea recta y severa ¿Cómo sabía Ainsley de su apellido? No recordaba habérselo dicho en ningún momento, pero decidió restarle importancia al asunto, con una rápida búsqueda en Google o Facebook pudo saber que el apellido del pelirrojo era De Vroome y varios datos más. La idea de que el menor haya hecho lo mismo, que le buscara por Internet, provocó que sus mejillas presentaran una suave tonalidad rosada.

Pero aquello no tuvo comparación con lo que vino después. Sintió los fríos dedos sobre su mano, ejerciendo un efecto reconfortante ante sus nudillos hinchados y doloridos. Sintió el contacto con su piel, la suavidad de sus manos, la textura la marca del pinchazo del suero. Incluso sus temperaturas eran opuestas. Ainsley era la calma y él era el caos. ¿Aquella atracción era mutua? ¿Podía ser concebible en un mundo sin sustancias, en el mundo real? Sentir el peso de la cabeza del pelirrojo sobre su hombro le confirmó aquello. Su corazón se aceleró ante la sorpresa, pero se sintió en paz con el mundo de repente. Quería extender aquel momento para siempre, o por el tiempo que fuera posible. Los dedos de la otra mano recorrieron las níveas mejillas de Ainsley, asombrado por la suavidad de su piel de porcelana. Siguió la línea de su mentón de deidad griega con suma devoción y cuidado, como si temiese que se fuera a romper en cualquier momento. Se quedó en silencio, sin poder creer de que hubiese una persona en el mundo con suficiente poder como para aplacar su socarrona personalidad. No supo cuánto tiempo duro aquel momento, momento en el que se lo dijeron todo sin necesidad de palabras, pero por dentro explotaba y sus impulsos eran más fuertes.

Sus labios pulposos buscaron a los de Ainsley con avidez, y al encontrarlos se abrazaron a ellos como quien se abraza de un oasis en un árido desierto. Sus dedos sostuvieron el mentón del pelirrojo y se fundieron en uno. Aquel beso, libre de sustancias, puro y honesto, se sintió demasiado real. Era más adictivo y más reconfortante que mil drogas juntas. Un beso que confirmó lo real de todo aquello. Ainsley no era un espejismo, no era un sólo un chico de carne y hueso que se entregaba a él, era un Dios cuyo beso le devolvía la divinidad a Nico. Los llevaba a un mundo en donde las diferencias se esfumaban como polvo en el viento, sólo quedaban ellos dos y nada más, porque no hacía falta otra cosa.

 Sin embargo, es sabido que algunos mortales no conciben la idea de seres superiores viviendo en un paraíso mental. - ¡Señorito De Vroome! ¿Todo bien allá abajo? - La voz de Maggie, el ama de llaves, más preocupada por el bienestar del invitado que del propio Nico, interrumpió el silencio y los devolvió a la terrenalidad. Nico se separó de Ainsley de manera abrupta, casi empujando al pelirrojo lejos de sí, aunque en su interior lo quería más cerca que nunca. Escuchó los pasos de la mujer gorda bajando por las escaleras y se mordió el labio inferior sin poder disimular la rabia que le tenía a la empleada por haber interrumpido aquello y por otras razones más. La mujer seguramente se había aburrido de las tareas domésticas y posiblemente quería cotillear un poco.

- Ainsley dice que quiere algo para merendar ¿Verdad, Lee? - Mintió Nico cuando Maggie descendió hasta el gimnasio, dibujando una sonrisa cómplice con sus labios al pronunciar aquel apodo improvisado. Si Maggie estaba aburrida, él le daría trabajo. - Que sea bien abundante, me muero del hambre. - Bueno, aquello era verdad, y además ya hacía un par de horas que no se llevaba nada al estómago. - Llévalo a mi cuarto cuando esté listo, y golpea antes de entrar.

Su cuarto era el único sitio seguro de la casa en el que la empleada doméstica no podía pasearse libremente como quisiera, donde solía pasarse horas en soledad fumando, con el móvil o explorando su propio cuerpo. Y Ainsley era un invitado digno de tal lugar sagrado.
Nico Farrell
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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Jue Abr 14, 2016 10:22 pm

 
No lograba decidirse ¿Cuál era el sentimiento que explicaba de mejor manera los sentimientos que Nico provocaba en él? En aquel momento no tenía miedo, estaba aterrado. Pero esta vez la sensación no resultaba de victimización, al menos no directa, y eso era espléndido. Sin embargo, el moreno no dejaba de ser terreno sinuoso, todo en él poseía una señalización de advertencia y peligro ¿Cómo se debía actuar frente a alguien así? ¿Alguien que lucha con su vida día a día?... Pues, era muy difícil para alguien como él, que no lograba lidiar siquiera con su pequeña y patética existencia. Siempre buscando no ofender, siempre buscando la mejor manera de ser invisible, lográndolo la mayor parte del tiempo, pero no lo suficiente. Pero algo había cambiado, algo increíble… Por fin alguien se había fijado en él, alguien logró divisarlo entre tantas capas de invisibilidad, y no se trataba de cualquier persona, no… Era él, a quien llevaba imaginando a su lado tanto tiempo. Sonrió para sí mismo, sintiéndose tonto, soñador, crédulo. Posiblemente todo acabaría en catástrofe igual que siempre, y la respuesta del chico a su lado le confirmó sus suposiciones. Excelente… logró ofenderlo con alguna especie de comentario racista que ni siquiera notó ¿Por qué tener la piel de color tenía que ser un tema tan complicado? ¿Por qué cada palabra que se refería a los afroamericanos era confundida como una afrenta personal? Para los ojos de Ainsley cada etnia era más hermosa que la anterior, y Nico se llevaba uno de los primeros lugares. Se había enamorado del hermano de Lexie durante alguna época de su vida: Asiático, más atractivo que un gran grupo de la Gran Manzana. Y ahora, ahora estaba ahí, frente a aquel maravilloso Dios, aquel Dios que tras cada mirada no hacía más que confirmarle lo afortunado que era de poder contemplarle. Sus pequeños y oscuros ojos contrastados con el resto de su rostro, su cabello, tan insolente y sobresaliente como su personalidad… Definitivamente, no podía expresarlo con palabras. Ojalá algún día pudiera dejarle en claro al moreno cuan perfecto le parecía, y no por su color de piel únicamente, sino que por todo lo que implicaba su maravillosa persona… Tragó pesado agachando la mirada con vergüenza, porque a pesar de que el mayor le otorgase poderes, seguía siendo Ainsley DeVroome, el chico que le teme hasta a su sombra.- Perdóname, Nico… No quería. No era eso lo que quería decir, es solo que…- Frunció leve el ceño molesto con el universo por hacer así de dificíles las situaciones.- Perdón, lo siento…- Volvió a disculparse por sobre las explicaciones ajenas.- Adoptado…- Asintió mientras saboreaba aquella palabra. Con razón, con razón su corazón le dictaminaba esa sensación de no-pertenencia. Aun así, Nico se seguía viendo hermoso entre tanta extravagancia, solo le faltaba descubrirlo.- Eso es hermoso igual, ósea…- Mordió su labio inferior inseguro de haberle ofendido nuevamente, pero prefirió desviarse hacia el tema de su padre adoptivo. Gabriel Farrell, le sonaba de algún lugar, más que mal su padre lo obligaba a aprenderse los nombres de los invitados por él. Sin embargo, no tenía cabeza para pensar en eso, su cerebro era una tormenta, nublado por cúmulos negros, cúmulos dispares que chocaban sin descanso, amenazándolo con dejarlo fuera de juego una vez más. Así que… como cada vez que entraba en pánico, optó por echarle el cerrojo a su atormentada mente: era lo más conveniente en aquel momento.

Estaba metido en un agujero de gusano, los que, aunque curiosos, son intrincados hasta decir basta; ingresas en un momento y espacio determinado, sabiendo quien eres, de dónde vienes, y por qué estás allí; luego sales en el mismo lugar, pero ya no existe la certeza de tu identidad, de tu origen, de tu tiempo y espacio: Descubres que el reloj siguió caminando, y te ha dejado irremediablemente atrás. Su cabeza seguía dando vueltas interminables, incansables, enfermizamente adictivas. Sentía la cálida mano de Nico bajo la suya, incrédulo del contraste que sus energías provocaban, su respiración se agitaba a cada instante, y aunque no estaba seguro de ser capaz de continuar allí por más de cinco minutos, quería gozarlo hasta las últimas consecuencias, quería creer que le podía atraer en serio a un chico como aquel, que podría ingresar con permiso a un territorio indómito y desconocido. Pero su finalidad no era colonizar, su finalidad era cuidar y cultivar el entorno, preservar tan precioso paisaje. Otra mano se inmiscuyó en él, acariciando ahora sus mejillas con tal devoción que asustaba; su pecho se inflaba inconscientemente ¿Acaso podía ser más increíble? Su rostro fue obligado a voltearse, ambos estaban refugiados en su universo personal, aquel pequeño y brillante en el que todo podía suceder, aquel donde ni siquiera sus propias inseguridades importaban. Y finalmente ocurrió… sus labios fueron capturados por los ajenos, y no lo podía creer. Sí, ya lo había besado, pero en esta ocasión era diferente, sumamente diferente. Ambos estaban conscientes, atentos, dichosos, ávidos de aquel contacto tan sagrado. Entrelazó sus dedos con los ajenos disimuladamente, al tiempo que se volteaba para posar su mano libre en la mejilla ajena, en el nacimiento de su cuello, en su pecho húmedo y vibrante. Los expertos labios de Nico lo ayudaban a ingresar poco a poco al paraíso; sus ojos se cerraban tras cada contacto, tras cada acercamiento que sus deseosas y confundidas bocas hacían. El fuego se encendió en el centro de su pecho, provocando esa desconocida incomodidad de estar perdido en el interior de tu propio cuerpo. Nico seguía siendo su Dios, Nico seguía siendo su mesías… Pero algo en su actitud lo hacía sentir más que seguro: Quizás ambos eran Dioses, dominando cada uno a su manera. No obstante, lo bueno no suele durar. Las fuertes manos que lo ayudaron a ingresar al vergel, lo sacaron sin más, de un golpe, de un empujón. Se quedó atónito por un instante, sus ojos abiertos de par en par, pidiendo silenciosamente una explicación, hasta que por fin comprendió lo que ocurría.

Los pesados pasos de la sirvienta lo devolvieron al tan aclamado mundo real. No pudo evitar sentirse molesto. Frunció ligeramente el ceño al ver como Margaret se acercaba con falsa discreción. Era amable con las criadas, pero la mayoría no le agradaban del todo, en especial si osaban a interrumpir un beso con Nico Farrell, esas eran las de peor calaña. Era consciente del carmín que teñía sus mejillas, y maldecía su pálido tono de piel. Acercó sus yemas a sus enrojecidos labios y los acarició con disimulo; quería regresar allí, quería regresar a los brazos de su Dios.- Todo bien, señorita Margaret, estábamos conversando Nico y yo.- Habló sin titubeos como cada vez que tenía que dirigirse a la servidumbre. Esa impoluta sonrisa, esa astuta mirada-fingida por supuesto-, le entregaban el poder requerido. Pero el moreno se había adelantado. Claro, su irreverencia aumentaba en esa dirección, y no pudo más que encantarse un poco más. Sonrió divertido pero sin quitarle la mirada a la mujer. Le encantaba su nuevo apodo, era su pasaporte definitivo al reino que deseaba ingresar.- Oh, sí… una merienda me vendría bien, me gustaría tener pan caliente con mantequilla, y quizás algunas donas.- Comenzó a enumerar consciente de lo que pretendía el moreno. Lo que era él, no le hacía mucha gracia ingerir tantos alimentos, era su peor debilidad.

Se dejó guiar hasta el cuarto del moreno luego de que la sirvienta se hubiese retirado. Debía admitirlo, estaba aterrado y fascinado a partes iguales. Su habitación era un santuario, ni siquiera le permitía a las mucamas ingresar allí: y es que consideraba que el lugar donde descansas es tu santuario personal, donde le dedicas tiempo a nadie excepto a ti. Pero sin dudas, lo que más le ponía nervioso de ingresar a los aposentos de su Dios, era la cama ¿Para qué mentir? Nico era fuego, y él poseía la oleosa y suave consistencia del combustible. Respiró profundo esperando a que el trozo de madera se doblegara ante su presencia, y no tardó en ocurrir. Ingresó con timidez a aquel sagrado lugar. Era tan lindo como lo había imaginado: paredes oscuras, bien decoradas… sutil olor a hierba, intenso aroma a Nico. Sus ojos se pasearon de un lado a otro, hasta finalmente dar con el enorme lecho: Que ganas de hundirse en esas almohadas, que ganas de drogarse con el aroma del chico con el que soñaba tan seguido.- Es muy hermosa, Nico…- Halagó con sinceridad, e inercia a la vez mientras se adentraba un poco más con timidez.- Tu mucama es muy…. Oportuna ¿eh? - Intentó desviar el tema, quizás no era adecuado el comentario, pero realmente le pareció poco discreto el movimiento de la anciana mujer. De volver a ocurrir, sería capaz de alzar la voz. Nadie debía ingresar sin pedir permiso ahí donde no le incumbía… Miles de comentarios transitaban por la atestada carretera de su mente, pero lo cierto es que la única pregunta importante era ¿Cuándo volveremos a besarnos…?Me gusta que me llames Lee- Confesó finalmente, buscando con desesperación aquel contacto visual que le daba la vida y lo asesinaba con simultaneidad.


Ainsley B. De Vroome
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Mensaje por Nico Farrell el Vie Abr 15, 2016 5:25 pm
Las disculpas de Ainsley, titubeantes pero honestas, arrastraron a Nico fuera de su coraza. El afroamericano era fuego, caos, una bomba de relojería que amenazaba con explotar en cualquier momento. Y así lo hacía todos los días, vivía a la defensiva constantemente, porque aunque se mostrara despreocupado y relajado la mayoría del tiempo, la vida le había enseñado que el que no da pelea acaba hundiéndose en un pozo oscuro del que no hay retorno, su voluntad sería doblegada y su espíritu machacado. Y eso le había sucedido a Rosario. Nico sabía perfectamente que en las grises calles de Nueva York reinaba la ley de la selva - no por nada le solían llamar la jungla de concreto - se desataba una competencia feroz y el más débil sería aplastado por los depredadores. Nico sabía que él estaba jodido, que no llegaría a ningún sitio, pero también conservaba su orgullo, ese ego tan grande que le hacía levantarse todos los días con una sonrisa socarrona en su rostro y dispuesto a seguir dando pelea a pesar de lo que dijera el resto del mundo. No sabía donde iba, pero tenía la certeza de que llegaría. Porque donde Nico pisaba, no crecía más pasto.

Ese era el asunto con Ainsley, quizás no con el pelirrojo en sí pero sí con los de su clase. Los blancos ricos pululaban por ahí regordeándose en su ignorancia y poder. Se creían omnipotentes, que podían doblegar a quien quisieran a su voluntad, que el mundo les pertenecía por el simple hecho de poseer un buen apellido y una fortuna a su nombre. Así se lo habían demostrado sus compañeros del instituto, quienes no eran un montón de niñatos criados para reinar sin tener ni puta idea sobre cómo era el mundo real. Nico no sabía tratar con ellos, no sabía hacerlo sin explotar. No era violento, o se prometió no serlo, pero las oportunidades para serlo le sobraban. Algún día acabarían con su paciencia y le partiría la nariz a alguno de eso engreídos. Y en un momento había temido que Ainsley sea como ellos, que después de haberle salvado de aquellos asaltantes, resultara ser un desagradecido. Pero no era así, el pelirrojo era increíblemente transparente. Era un libro abierto en el que podía leer sus intenciones honestas, o al menos eso le pareció a Nico en aquel momento. Ainsley pecaba de ignorante y él de orgulloso, podía ser esperable que se dieran malentendidos como ese. - No pasa nada... - Murmuró intentando reconfortarlo.

- Ya escuchaste a mi invitado, será mejor que te pongas manos a la obra.- Se despidió de la empleada con una sonrisa imborrable en su rostro. La mujer refunfuñó por lo bajo e intentó poner la mejor cara antes de marcharse, pero era imposible para ambos disimular el disgusto que se tenían mutuamente. Sólo alguien con el temple de Gabriel podía tener a semejante arpía por la casa y encima pagarle. Prefería mil veces a Emilia, la niñera que en pocos meses se había convertido en su cómplice y una aliada ante su tutor legal.

Cuando Margaret desapareció de la vista de los muchachos, Nico tomó de la mano a Ainsley sin más y emprendió camino rumbo a su cuarto. Con la cabeza hecha un lío pero con seguridad. Le soltó cuando terminaron de subir por las escaleras del sótano y llegaron al pasillo. - Sígueme. - Le ordenó, envolviéndose nuevamente en su coraza de indiferencia y postura de chico malo. No quería dejar en evidencia que estaba loco por Ainsley, y que si fuera por él, lo tomaría ahora mismo en su cuarto. Pero debía ser prudente, no dejaba de ser un chico que no conocía de nada - ni siquiera sabía su edad - y tampoco su casa era un sitio muy seguro, la vieja de Maggie tenía ojos por todas partes.

Lo condujo hasta su cuarto echándole miraditas furtivas para asegurarse de que lo seguía, como si temiese que el pelirrojo desapareciera en cualquier momento. - Bienvenido a mi cuarto, ponte cómodo. - Anunció mientras giraba de la perilla y abría la puerta, invitándolo a entrar a su mundo y sin poder contener la emoción de que así fuese. El cuarto, de paredes oscuras y decoración moderna y juvenil, representaba un refugio del mundo para Nico, casi tanto como la casa que tenían con Ivy en Coney Island. El moreno no había sido partícipe de la elección del mobiliario ni tampoco Gabriel, se notaba a leguas que el hombre había contratado a algún diseñador de interiores para que se encargara de que el atolondrado adolescente se sintiera cómodo allí. Y sí que lo hacía, reinaban los negros, blancos y grises. Una cama amplia, muebles y estantes de madera oscura y tecnología de última por todos lados. Nico le había dejado su impronta personal con el caos que reinaba por el sitio, porque sobre la silla del escritorio y desparramadas por el piso se encontraban varias prendas de vestir. El edredón estaba por el piso y las sábanas revueltas, porque el moreno no dejaba de moverse ni en sus sueños. El lugar representaba a Nico a la perfección, un torbellino sin maldad que dejaba todo patas para arriba a su paso. Aunque no fuese ordenado, él encontraba una armonía en su caos, pero era consciente de que no todos lo entendían.

- Perdona por el lío, no estaba esperando invitados. - Dejó escapar una risita amable, cerrando la puerta tras sí. - Pasa, ponte cómodo. - Repitió, adelantándose y levantando el edredón del piso para colocarlo de vuelta donde correspondía. - Lo sé, me odia y yo a ella. Desde que llegué no me ha quitado los ojos de encima, como si fuese un terrorista o algo. Podrás notar que no permito que se pasee por mi cuarto. Es zona segura. - Comentó mientras enganchaba parte del edredón blanco bajo el colchón. En ese movimiento, Nico percibió que había algo raro en el ambiente, un aroma embarazoso producto del esfuerzo físico que había hecho ahí abajo. - Entonces serás Lee a partir de ahora.

Se volvió a poner de pie, dejando la cama a medio armar - Ven, siéntate aquí. - Le dio unas palmaditas en el colchón antes de darse vuelta en dirección al armario. Abrió el cajón de ropa interior y tomó una camiseta que estaba por ahí cerca - Oye, Lee. ¿Te importa si me doy una ducha rápida? En un momento estoy contigo ¿Si? Puedes mirar tele si quieres, o si encuentras el control remoto. - Repasó el cuarto con su mirada, sin tener idea sobre donde había dejado el aparato. - Quédate aquí, no tardo. - Tomó un boxer oscuro dejando el cajón entreabierto y se escabulló por la puerta del baño.
Nico Farrell
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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Lun Abr 18, 2016 12:48 am

 
Le era imposible llegar a creer del toda la situación que tenía en frente, cada segundo era más increíble que el anterior. Estaba sumergido en las profundidades de la residencia Farrell, en los confines de la casa de aquel chico que le quitó el sueño por meses ¿Cuándo alguien habría imaginado que él, precisamente él, el poquita cosa- Ainsley, conseguiría algo como aquello? Y por si fuera poco, había probado sus labios de manera tan pura que parecía ilegal. Ya no existía el humo flotando a su alrededor, ya no existían las toxinas en su torrente, ya no existían influencias externas… Ahora solo eran ellos y sus ansias, solo eran ellos y su deseo, su atracción innegable. Porque a pesar de que seguía percibiéndolo como un sueño, una gratificante punzada en el interior de su pecho le dejaba en claro cuánto se entregaron en ese sencillo contacto. Si tuviese que arriesgarse a una sobredosis por cada vez que desease probar esa nueva y peligrosa droga, gustoso ingresaría a la clínica una y otra vez. Cuanto peligro se podía percibir en esa simple acción, cuanta adrenalina…  ¿Permitiría Nico tenerlo pegado a la boca a toda hora? Esperaba que sí, porque él se lo permitiría sin pensarlo dos veces. Además… quería que todo aquello se volviese real, quería conocerle y quererlo en serio, saber lo bueno, lo malo y también lo feo. Porque hasta ahora, Nico no era más que un ídolo sin rostro al que le rendía pleitesía sin miramientos porque le entregaba terapia de shock a su mal aprovechada alma.  

Sintió como sus dedos eran sujetos con fuerza por los ajenos, su calor, su prestancia, ese era Nico, y estaban juntos, cogidos de la mano por un ínfimo y maravilloso segundo. Quizás estaban jugando… No,  el pelirrojo no sabía jugar con el amor. Quizás ambos creían que debían fingir. Ya no deseaba pensar más, solo quería vivir el momento. El presente es lo más bello que existe en la vida, y a la vez lo más difícil de valorar. Pero por una vez, por una miserable y pequeña vez, Ainsley quería dejar de pensar en el mañana, y lo haría. Ingresaron al cuarto del moreno, percibiendo de golpe la manera en que su alma y esencia llenaba el lugar. Era como conocerlo en tantos aspectos a la vez, era como lanzarse un clavado poco profundo al lago de su vida. Sus ojos no paraban de recorrer el lugar, ávido por abarcarlo todo en la menor cantidad de tiempo posible. Debía admitirlo, el desorden no era ni de lejos, una de sus cosas favoritas. Tanto desparramo le causaba un mini infarto. Tenía una obsesión mal sana por todo aquello que no poseía un lugar establecido, y a simple vista, ese cuarto lucía como un antónimo rotundo a sus obsesiones. Tragó pesado mientras observaba como el chico a su lado intentaba poner las cosas en su lugar. Sonrió sutilmente ante la acción ajena ¿Por qué seguía mostrando tanto interés? ¿Por qué a Nico le interesaba tanto lo que pensara?- Está bien, tranquilo…- Intentó calmar un poco la actitud nerviosa del mayor dedicándole una dulce sonrisa. Todo aquello le causaba ansiedad, pero… él solo era un intruso ahí, no tenía piano que tocar, solo le quedaba apreciar la música.- Creo que somos demasiado distintos…- Murmuró sin notar que había vocalizado justamente lo que deambulaba. Sus mejillas se tornaron rojizas mientras se alejaba un poco de los pies de la cama. No quería ser mal interpretado, solo era una observación. Era solo cuestión de mirarlos, nada en ellos coincidía, pero quizás esa era la razón de su deseo imperioso de coincidencia.- Lo siento… es que… No es como si fuera malo- Era un experto en ofender al chico que tenía al lado, solo esperaba que esto no fuese irremediable.

Las mucamas suelen ser muy impertinentes, en casa… Son casi todas jóvenes.- Comentó desesperado por cambiar de tema.- Me desagradan la mayoría, se la pasan coqueteando con Corentín y Thibault.- Sus hermanos tenían buena fama con las chicas, de todas las edades y de todos los tipos. Era curioso y triste, puesto que él nunca poseyó tal suerte, siendo que los tres eran idénticos.- Alguna lo intentó conmigo, pero imaginarás…que no tuvo mucha suerte.- Bromeó intentando ridiculizar su propia situación, aunque lo cierto es que había sido un momento como poco desagradable. Al final, esa chica fue despedida por acoso sexual. Bien merecido título para alguien de su calaña, pero bastante incómodo para el pelirrojo. Ni siquiera fue capaz de besarla. Era desagradable.- En fin… Solo hay que recordar que tú eres el jefe.- Asintió seguro de su consejo mientras seguía analizando el lugar.- Puedes ir a tomar una ducha… Yo estaré aquí, buscaré el control entre los escombros del torbellino Farrell.- Alzó sus manos divertido y movió un poco los dedos para darle un aire fantasmal a la situación. Debía aparentar tranquilidad, pero lo cierto era que la ausencia del moreno le ponía los pelos de punta. Nico significaba atracción en absolutamente todos los sentidos de su vida, Nico era fuego y destrucción para su mente, su lengua, su esófago ¿y para qué mencionar aquellos sectores más meridionales? Lo concibió tantas veces entre sus piernas… su cabello acariciándole, sus labios. Ahora estaría desnudo a un par de metros, y él tendría que contentarse con mirar las paredes Cielo Santo

Una vez el moreno se retiró, el de rizos se dispuso a recoger algunas cosas aquí por allá. De seguro Nico se ofendería, pero simplemente no podía evitarlo, era parte de su naturaleza, algo en sus manos hormigueaba y le obligaba irremediablemente acudir al rescate de esos pobres objetos perdidos. Sin mencionar que el repiquetear del agua amenazaba con atacar su escasa integridad. Alzó un par de cojines, obteniendo la grata sorpresa de la alfombra peluda bajo la cama; un par de camisetas-que olían a Nico increíblemente- hojas, envoltorios. Desorden común y corriente. Pero fue ahí, justo en el momento que decidió lanzarse a por un tenis solitario que divisó aquello que debería estar estipulado como ilegal en la constitución: Nico había dejado un cajón abierto, pero no cualquier cajón. Su respiración se agitó en menos de tres segundos, alzándose lentamente, posando sus dedos en el borde de aquel cajón Ropa interior Jadeó con natural dramatismo al tiempo que permitía a sus yemas acariciar la elasticada tela de un bóxer color negro. Mordió un labio inferior en búsqueda de la valentía que hacía falta para cometer tan sucio crimen. Presa del pánico y su resiente adicción, retiró por completo la prenda de su lugar. La textura de los hilos entre sus dedos provocaban ligeras descargas en su espina dorsal, en su vientre… Era como acariciar indirectamente el cuerpo del moreno. Imágenes fantasiosas y exageradamente vívidas para ser irreales pasaban a toda velocidad por su cabeza al tiempo que lo imaginaba acomodado sobre su cuerpo, besándole, poseyéndole… Jadeó mientras sus párpados se separaban inconscientemente, al mismo tiempo que su mano tironeaba con incomodidad del costado d esu ajustado pantalón. Estaba perdido…

Pero para su pesar-o fortuna-, un par de golpes en la puerta lo sacaron de aquel peligroso ensueño. Era la comida. Asustado, y casi por reflejo, introdujo la prenda en el bolsillo de su cárdigan antes de correr en dirección a la cama. Paradógicamente, el mejor lugar para fingir normalidad.- Adelante…- Alzó la voz con autoridad, no era su casa, pero seguía siendo quien mandaba. Un pequeño carro no tardó en ingresar al cuarto, ataviado con toda clase de bollería, té, café, jugo de frutas variadas. Sus ojos recorrían los platillos con tanto deseo como el cuerpo de Nico en su cabeza. Dios santísimo… ¿Podría ser más peligrosa esa casa?.

Ainsley B. De Vroome
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Mensaje por Nico Farrell el Lun Abr 18, 2016 8:02 pm
Observó algo divertido la reacción de Ainsley al entrar a su cuarto, el brillo de sus ojos, el carmín de sus mejillas. También lo notó algo nervioso, lo cual lo volvía increíblemente adorable a los ojos del moreno. Sintió la necesidad de sentir sus labios de nuevo, de jugar con su cabello y asegurarle que no iba a pasar nada que él no quisiera, pero ¿Acaso iba a pasar algo? No lo podía saber, sentía que conocía al menor de toda una vida y a la vez no sabía casi nada de él. Pero si de algo estaba seguro era que quería hacerlo, quería conocerlo en todos sus aspectos. Escuchar su voz melodiosa y tímida, su acento adorable. Besar esa línea de labios finos y tomarlo entre sus brazos, acurrucados en su cama. Arrugó su frente, otra vez estaba desvariando. La voz del pelirrojo lo sacó de su ensimismamiento y se mordió el labio inferior reprimiendo una sonrisa burlona - No hace falta ser un genio para notarlo, Lee. Por supuesto que somos muy diferentes. - Lo eran sin duda alguna. Se atrevería a decir que era lo diferente a él lo que le gustaba de Lee, pero estaría mintiendo. Nico solía detestar a los de su clase, los niños ricos que no conocían nada más allá de su burbuja de perfección. Ricachones que se creían reyes por haber nacido en una cuna de oro. Pero Ainsley, era diferente. Parecía ser consciente de ello, de que había algo más en el mundo. O tal vez se equivocaba.

- Mi madre trabajaba de sirvienta... - Murmuró, sintiéndose incómodo súbitamente. No hizo amague de sonreír ante su broma, sino que se pasó la mano por el cuello con una mueca rara en la cara. - Pero quizás algunas lo sean, supongo. - Se encogió de hombros y decidió cambiar de tema, no quería que el pelirrojo pensara que lo hubiera ofendido, aunque se sentía ligeramente insultado. - Corentín y Thibault... - Repitió los nombres de los gemelos de Ainsley con cierta rabia. - Tus hermanos no son los más simpáticos ¿Verdad? - Por no decir malditos hijos de puta. Si volvía a ver a alguno de ellos, tendría que contenerse para no partirle la nariz, a cualquiera de los dos. Pero no podía negar que sería extraño pegarle a alguien que tenía la misma cara que Ainsley, no se creía capaz de hacer algo así a no ser que le tocaran demasiado las pelotas. Se sorprendió apretando los puños y carraspeó para disimular un poco - Sin duda eres mi favorito entre los tres.

- Me estoy tardando, ahora regreso. - Se despidió del pelirrojo y se escabulló al baño. Una vez dentro, se desvistió a las apuradas y casi tropieza al engancharse los pies con los pantalones, pero logró sostenerse con una mano antes de que se partiera la frente con el lavabo, evitándole a Lee que tuviera que encontrarlo con los pantalones por las rodillas y semimuerto. Terminó de desvestirse arrojando el resto de su ropa en una esquina del baño y se metió a la ducha, sintiendo el agua cayendo sobre él como finas estocadas.

Con ayuda de sus dedos y de la crema de enjuague desarmó sus locs, aunque sus rizos seguían indómitos ante la fuerza del agua. Mientras lavaba su cabello y enjabonaba su cuerpo, no pudo evitar pensar en el pelirrojito que lo esperaba en la cama a pocos metros. Sus mejillas ardían y no tardó en dar rienda suelta a todo tipo de fantasías de adolescente hormonado. Podía sentir sus besos como un vívido recuerdo, su tacto, su piel lechosa y aquellos bucles cobrizos que le volvían loco. Era como si estuviese en la ducha con él, podía sentir su respiración, sus jadeos suplicantes, pidiéndole más. Su corazón no tardó en bombear sangre hacia la entrepierna del moreno, despertando a su sexo. Bajó su mano en una caricia extendida, imaginando que era la del pelirrojo. Estaba a punto de cumplir con las órdenes de su libido pero decidió que no era el momento oportuno para hacerlo, no con Ainsley esperándole. Ya tendría la oportunidad de estar a solas consigo mismo. Lanzó un suspiro de resignación y bajó la temperatura de la ducha, esperando así enfriar la de su cuerpo.

Al terminar con su ducha breve, se dedicó a secarse el cuerpo y a ponerse la ropa interior y la camiseta que se había traído consigo. Se ayudó con el secador de pelo, adquiriendo su peinado una contextura afro esponjoso. Tendría que volver a formar sus locs de vuelta, aunque eso sería tardar un buen rato más en el baño. Una vez seco, salió del baño en búsqueda de sus pantalones. La camiseta era larga para cubrir su ropa interior, pero dejaba expuestas sus delgadas tonificadas piernas. - ¡Oh! Ya está la comida, se ve delicioso. ¿Me tardé mucho? - Preguntó mientras cogía unos skinny jeans rotosos y luchó un rato para ponérselos.

Tomó una dona y le dio un mordisco, para luego dejarse caer en la cama frente a Ainsley, mientras que su fluffy afro le acompasaba en movimientos graciosos  - Como te burles de mi cabello te rompo la nariz. - Dijo entre risas, antes de darse cuenta de la estupidez que acababa de decir. ¡Apenas le conocía y estaba jugando como si lo hiciera con Ivy! - Es una broma, perdona. No te asustes. - Se mordió el labio inferior, queriendo arreglar las cosas rápido sin pensar en lo que estaba diciendo. - No es que te vaya a pegar. Puedes tocarlo si quieres.

¡Imbécil! ¿Por qué había dicho eso? Sintió la necesidad de darse un facepalm, pero optó por ocultar su rostro detrás de la taza de café antes de que el pelirrojo notara sus mejillas ardiendo. ¿Se podía ser más raro e incómodo? No podía evitarlo, Lee tenía el poder de ponerlo nervioso y hacer que pierda toda su confianza y seguridad al hablar con él. Pero de seguro ahora pensaba que era un bruto. Trágame tierra.
Nico Farrell
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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Mar Abr 19, 2016 12:34 am

 
No quería despegarle la mirada de encima a Nico, no quería perderse ni un solo instante, ni un solo gesto ni un solo respiro; quizás si dejaba que se le escapara un segundo, algo más sobrenatural que su reciente fortuna, ocurriría, y el moreno de embriagante mirada se desvanecería en el aire como una triste y etérea explosión de polvo, como la noche de su primer encuentro, como los recuerdos de su primer, segundo y tercer beso. Ya no quería volver a borrarse de la transmisión, no mientras él se encontrase en una de aquellas escenas. Nico era una transfusión de magia pura para el corazón, un cuento de hadas que duraba más allá de la media noche. O al menos así quería creerlo… Su horóscopo solía decir que era un idealista en temas de amor, y aunque no se enorgullecía de ello, era algo tan bello, tan infantil, que aunque sufriera por aquello, desearía conservarlo toda la vida. No importaba cuantas veces le rompieran la ilusión.- Lo somos… Pero los contrastes son buenos ¿no?- Esperaba que Nico lo percibiera del mismo modo que él. Sin embargo, lo siguiente logró dejarlo pendiendo de un hilo. El aire abandonó sus pulmones, y pudo percibir como su expresión se volvía lívida ¿Cómo podría agradarle a Nico si seguía haciendo comentarios clasistas y racistas? Maldita su propia estirpe, maldita su ascendencia… ¿Por qué no podía aprender un poco de lo que era el mundo real? Ni Lexie, ni Jamie, ni mucho menos sus hermanos habían logrado enseñarle nada.- Lo siento, Nico, en serio, lo lamento… Tu madre debe haber sido una mujer grandiosa. Yo.- Tragó pesado inseguro también de aquel comentario.- Lo siento, soy un desubicado…- Su mirada gacha solo le permitía observar los tenis de Nico y sus propios mocasines. Estaba a punto de volver a disculparse cuando las palabras ajenas lo devolvieron a la realidad. Pudo percibir de lejos el desprecio que sentía el mayor por sus hermanos. No discordaba, pero una pequeña punzada de culpabilidad lo invadía al permitirse aprobar ese desprecio. Quizás era parte de compartir el cuerpo y el alma con dos personas más.- … Mis hermanos son complicados, ellos no…- Frunció leve el ceño.- Cuando éramos pequeños, éramos muy amigos. Los extraño a veces.- Confesó perdiendo su mirada en un punto muerto de la habitación. Daría toda su colección de Gucci y Versace por tener una buena relación con ellos.- Es triste.- Zanjó mordiendo su labio inferior. Quizás se derrumbaría en llanto, pero el último comentario ajeno logró sacarlo de órbita ¿¡Había dicho que era su favorito?! Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro, dejando al descubierto su perfecta dentadura.- Gracias, Nico… Es increíble.- Acarició su propio pecho con sus nudillos únicamente dominado por los nervios.- Yo no soy el favorito de nadie. Ellos son más guapos, más divertidos…- Se encogió de hombros recordando con amargura el sin fin de ocasiones en que su padre le dejó en claro que lo consideraba una falla de la genética, por decir lo menos.

Observó cómo empujaban el carrito hasta el centro de la habitación, él permanecía de piernas cruzadas en el borde de la cama. Sus recientes fantasías lograron sacarlo de onda, pero debía conservar la compostura.- Gracias, pueden retirarse, le diré a Nico que lo trajeron a tiempo.- Asintió sonriendo con camuflada firmeza, para luego apresurarse hacia la comida. El olor era insoportable, una fusión perfecta y deliciosa de chocolate, caramelo, té, leche y otro sin fin de manjares. Se le hacía agua la boca, y es que le fascinaba, pero no podía permitirse ingerir más de dos bocados de cualquier clase de alimento. Eran su más grande fobia, y a la vez su mayor adicción ¿Cómo se puede combatir algo así? Alargó su diestra temblorosa hacia una maravillosa dona glaseada de rosa. Llevaba cuatro días sin comer, la clínica lo hizo perder cuatro kilos, quizás… solo quizás, podría disfrutar un poco de esos deliciosos bizcochos. Estaba a punto de llevárselo a la boca cuando la puerta del baño se abrió, dando paso a un semi desnudo Nico. Apartó el pecado de golpe de sus labios, fijándose detenidamente en el bello panorama que tenía en frente. Unas piernas tonificadas, tal cual las imaginó por sobre el pantalón ¿Sería posible pagar por una efectiva visión de rayos láser? Desvió rápidamente la mirada al notar que sus labios se habían separado ligeramente. El cabello ajeno lucía aún más alborotado de lo normal, esponjado e indomable, igual que todo lo que tenía que ver con Nico. No estaba seguro de tener el derecho, pero se creía capaz de admitir que ese look le gustaba mucho más. Revelaba un Nico dulce y natural, quizás más cercano al que se mantenía oculto tras esa armadura que lo defendía contra el mundo que tan mal lo había tratado.

Se quedó de piedra dos segundos ante la amenaza ajena, sus ojos se abrieron por la sorpresa, e instintivamente se llevó la diestra a su nariz. Sin embargo, no tardó en comprender que se trataba de una broma. Claro, los chicos solían bromear de ese modo. Carcajeó divertido al captar la idea, pero de lejos, lo que más le causaba gracia era lo inocente que lucía el moreno al disculparse. Sacó un tazón que olía a caramelo de la cima del carrito, sujetó su dona y se apresuró a sentarse junto al dueño de casa.- Tranquilo… Tranquilo, si no soy tan tonto.- Intentó calmarlo, quería que supiera que podía bromear con él.- No hablo mucho, pero si tengo sentido del humor. Además…- No sabía muy bien si confesarlo sería lo correcto, pero ya se había propuesto no pensar.- Te ves muy adorable así… No te ofendas.- Se apresuró a aclarar mientras dejaba el tazón y la dona en la mesita de noche para enredar tímidamente un dedo en el cabello ajeno que se alzaba cercano a sus orejas.- Luces como un niño pequeño.- Sonrió embriagado por la presencia y el aroma ajeno. Se moría por volver a probar sus labios, aunque tenerlo cerca resultaba casi igual de satisfactorio.- Me dan ganas de abrazarte…- Y eso fue todo, de seguro explotaría en cualquier minuto.- Digo...lo siento, olvídalo.- Se volteó agarrando el té a modo desesperado de defensa.

Ainsley B. De Vroome
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Mensaje por Nico Farrell el Mar Abr 19, 2016 6:43 pm
¿Cómo entender un vínculo que nunca había tenido? A pesar de todo, Ainsley parecía idolatrar a sus hermanos y hacía un esfuerzo en ver lo positivo en ellos, debatiéndose si defenderlos o darle la razón a Nico. No hacía falta tener tantas luces para darse cuenta que el pelirrojo había sido reprendido varias veces por decir lo que pensaba, por ser quien era. Él no tenía hermanos, lo iba a tener cierta vez pero abandonó el mundo antes de que pudieran saber su género. Pudo convertirse en un hermano mayor y aquella posibilidad se le vio arrebatada al igual que la vida de su madre. Podía ver atisbos de Rosario en Ainsley. La voluntad abollada y la idea implementada de que no valía nada después de tantos años de maltrato físico y psicológico. Nico mismo había sido víctima de aquel infierno, y no faltaban ocasiones en el que se manifestara. Las heridas no sanaban tan rápido, algunas nunca lo hacían. Sabía lo que era, que alguien te golpeara y dijera que no sirvieras para nada una y otra vez hasta que terminabas por creerlo. Sentir que debías depender de alguien más para valer algo, que no importara lo que hagas y qué tanto te esfuerces, nunca serías suficiente. Cargar sobre tus delgados hombros el peso del cadáver de una familia que nunca fue, porque alguien tenía que hacerlo. Sentir tu cuerpo entumecido y el sabor óxido de la sangre que se escapaba por la nariz para entrometerse en tus labios. Querer gritar y llorar pero no tener más fuerzas ni voluntad para ello, porque al final nadie te escucharía. Porque al final todos lo sabían, pero nadie hacía nada. Porque así era la vida. Podía verlo en el espejo negro de los ojos del menor, podía verse reflejado. No había podido salvar a Rosario, pero quizás podía hacerlo con Ainsley.

-  Lo era, pobre de ella... - Dejó escapar en la memoria de su madre, con una resignación que le sabía amarga como la hiel y un brillo de añoranza en sus ojos. Sea donde estuviese ahora, Nico tenía la seguridad de que era feliz y se reencontrarían en algún momento, a lo mejor en ese tal ansiado paraíso del que Rosario tanto solía hablarle de pequeño. Una sonrisa volvió a aparecer en su rostro al pelirrojo emocionado ante su comentario, una sonrisa que se tornó triste al escuchar las comparaciones que debía haber escuchado toda su vida. -  No digas eso, Lee. Estoy seguro que no es así, tu vales más de lo que crees.

Ahora, cada minuto que pasaba junto a su invitado estaba más seguro de ello. Sus músculos se relajaron y se permitió soltar un suspiro de alivio al vislumbrar que no había metido la pata después de todo. Sentía que tratar con Ainsley era como atravesar un campo minado, un paso en falso y estaba fuera. Le dio la impresión de que para el pelirrojo la situación era parecida. Pero su miedo radicaba de no querer echarlo a perder, tenía un interés genuino en conocerlo más, en darle y que le de una oportunidad. -  Está bien, sólo que no quería asustarte. - Nada solía gustarle más al moreno que la gente que tenía sentido del humor, que podía captar el sarcasmo sin ofenderse. Aparentemente, no todos en el Upper East Side habían desarrollado esa cualidad y sus comentarios con sorna solían acabar con una mala mirada o un reproche. Terminó su dona de dos bocados y procedió a chuparse los dedos, disfrutando de los restos de aquel caramelo y no pudo evitar poner una sonrisita bobalicona al escuchar el cumplido de Lee, de esas sonrisas que no podías disimular aunque quisieras y cada vez que intentabas reprimirla, no hacía más que agrandarse.

A lo mejor lucía como un niño pequeño, pero al lado de Lee no podía evitar sentirse como tal. Podía haber llevado a su invitado a su cuarto para fumarse un porro y hacerle caso a las órdenes impetuosas de sus líbidos como lo había hecho con otros chicos, pero prefirió comer algo y sentarse a charlar. A conocerlo. Tenía ese efecto en él, inundar el ambiente con su pureza y honestidad en sentimientos. Que todo sea blanco y de colores pasteles, que Nico disfrutara de ser plenamente consciente por primera vez en mucho tiempo. -  Estás acostumbrado a pedir disculpas muy seguido ¿No? Me hiciste un cumplido, es algo lindo. No tienes por qué retractarte de eso... - Lo tranquilizó, mientras dejaba escapar una risita infantil. Era adorable sin siquiera intentarlo y aquella confesión no hizo más que enrojecer las mejillas del atolondrado moreno. En un movimiento brusco se acercó peligrosamente al pelirrojo, aunque se moría por probar sus labios de vuelta, sólo era para dejar la taza de café sobre el velador. -  ¿Qué haces con los pies fuera de la cama? - Observó, para darse la vuelta y tomar de las delgadas piernas del pelirrojo sin permiso. Era liviano como una pluma y volver a tocarlo a pesar de que sea sobre la tela del pantalón le electrificaba el cuerpo.  -  A ver, señor zapatos italianos, te dije que te pusieras cómodo. - Y sin más aflojó ambos mocasines y los dejó caer al suelo.

Sin previo aviso, se dejó caer de espaldas sobre el pecho del pelirrojo, apoyándose en el pectoral izquierdo de Lee -  Abrázame ¿No era lo que querías? - Le ordenó en una risita, aquel contacto íntimo le afloraba los sentidos. Sentir su perfume, su calor, el firme torso que le servía de almohada. Podía oír su respiración agitada y su pulso acelerado pero no dijo nada, él también estaba igual. -  Auch... - Algo le molestaba en la espalda y se movió un poco para encontrarse con el control remoto, oculto entre las arremolinadas sábanas. -  ¡Aquí estaba! - Comentó con sorpresa, mientras encendía el tele más por inercia que por interés en fijarse en la programación del canal de música. -  ¿Estás nervioso? No lo estés. - Murmuró, acomodándose mejor sobre los duros huesos del menor, mientras terminaba con la segunda dona que iba de la tarde. -  ¿De donde eres, Lee? Tienes un bonito acento. - Movió un poco la cabeza para delante así sus ojos oscuros se encontraban con los del pelirrojo. Arrugó un poco la frente al oír su respuesta -  ¿Y eso donde queda? ¿En qué idioma hablan? A ver, dime algo en tu idioma. 
Nico Farrell
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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Jue Abr 21, 2016 1:13 am

 
Estaba decidido: conocía a Nico de otra vida, así de simple. Y es que una conexión así de fuerte no se podía improvisar, no se podía crear desde la mismísima nada y convertirse en todo en menos de lo que dura un suspiro. Porque el oblicuo tiempo no dejaba de dar vueltas a su alrededor, porque el pasado y el presente no dejaban de superponerse dándole más y más significado a aquella ilusión que albergó por tantos meses en el cajón de las causas olvidadas, un cajón que, curiosamente, estaba demasiado lleno para un pequeño descendiente de la realeza y la política de un poderoso país. Sin embargo, esta ilusión tenía pies y cabeza, tenía manos y piernas, pálidas, hábiles, largas y delgadas… Extremidades que le hacían honores al verdadero ímpetu de Ainsley de Vroome. Una ilusión salvaje que luchaba con garras y dientes para volverse real ¿lo mejor? Logró su cometido, o al menos lo estaba logrando. No quería alegrarse del todo, pero tampoco quería auto boicotearse con los pensamientos propios de un chico virgo. Pero creer demasiado en las cosas que juegan a tu favor luego de dieciséis años de opresión y frustraciones, suele resultar como menos decepcionante. No quería, no necesitaba otra decepción. Normalmente ya hubiese tomado sus cosas presa del pánico para así correr lejos de las garras del desencanto, del horror, de la mentira. Pero Nico lo retenía, Nico y su lucha implacable, Nico y su hermosa fe, Nico y su mística realidad. Porque él, él y su piel, él y su cabello, él y su realidad… Eran un milagro, un milagro que significa salvación aun cuando estás librándote del cielo creyendo caer directo al infierno a ojos vendados. Sin embargo, el miedo que embargaba al pelirrojo era positivo, activador, cambiante, nada más de estancamiento, nada más de parálisis.- Gracias, Nico…Tú eres grandioso. Tu madre lo hizo bien.- Sonrió de lado, aunque el gesto sí alcanzó sus ojos. El hecho de que aquel chico, al que conocía muy poco considerando lo mucho que lo deseaba y quería, lo tuviera en tan alta estima, lo impulsaba a saltar con mucha más seguridad. Realmente, nunca nadie lo había considerado de aquella manera.

Sonrió enternecido al notar como el cuerpo ajeno se relajaba notoriamente ¿estaría Nico tan nervioso como él mismo? Era difícil concebirlo, era difícil creer que alguien tan insignificante como él podría ocasionar sensaciones intimidatorias sobre alguien que camina con el peso del mundo en su bolsillo derecho. Podría aprender mucho del moreno, podría aprender a relajarse, a formar parte del mundo, o más bien, a tomar posesión de aquella porción que por derecho te pertenece, y hasta ahora solo se atrevió a mirarla de lejos.- No me asustaré…. Pero yo no soy bueno con las bromas. No sé decirlas al menos - Soltó una pequeña risita sincera, porque de haber sido verdad aquella amenaza, ya tendría la nariz fracturada. No podía dejar de observar el nuevo look del moreno.- Me gusta como luces así.- Aceptó sin titubeos, abrazando su oxidada valentía para ser sincero mientras sus ojos se desviaban indiscretamente hacia los restos de la dona ajena. Era cierto, estaba muriendo de hambre. Alargó su brazo hacia la dona rosa abandonada en la mesita de noche y comenzó a pellizcarla frenéticamente para comer los trocitos de la misma manera. Malditas las ansias. Introducía un trozo tras otro, deleitándose cada vez más con aquel adictivo sabor. Si tuviese la facultad de no engordar, posiblemente se alimentaría únicamente de ese delicioso bizcocho. Estaba a punto de disculparse nuevamente, cuando las palabras ajenas lograron apagar sus sentidos por un segundo. Sentía tanta ira como vergüenza, y de tal manera que ni siquiera su sangre reaccionó para acudir a sus mejillas. Su padre, su maldito padre era el culpable de ese inconsciente deseo de disculparse por existir, y alguien como Nico lo notó sin mayor dificultad. Clavó la mirada en un punto muerto de la habitación, inseguro, debatiéndose entre echarse a llorar o a correr.- Estoy… no lo sé, en las fiestas siempre hay que disculparse mucho.- Intentó excusarse sin dejar demasiado al descubierto, porque lo que hay en el interior duele, más cuando son demonios. Se disponía a seguir hablando cuando percibió el calor ajeno mucho más cerca que hacía unos segundos, por pura inconsciencia, sus labios se fruncieron ¿lo besaría? Esperaba que sí. Sin embargo, ese momento nunca llegó. Un regaño cariñoso, y una obligación con gusto a petición no tardó en llegar. Observó cómo sus pies eran descalzados y aunque solo se trataba de algo cotidiano, fue como si cortaran de súbito una de las cadenas de sus grilletes. Hasta sus calcetines eran de diseñador, lo que lo hacía sentir como un esnob ¿pero acaso no todo en él lo hacía mientras estaba cerca del moreno? Más valía olvidar. Nico subió sus pies a la cama y él se dejó entre nerviosas risitas: su toque era mágico, irreal. Quería tenerlo tan cerca cómo les fuese posible. Y como al parecer, las vidas pasadas vienen conectadas a extraños casos de telepatía, la cabeza ajena no tardó en caer sobre su pecho. Sus ojos se abrieron en sorpresa, su cuerpo se tensó incómodo y lleno de regocijo a la vez, podía percibir el aroma a shampoo en el cabello ajeno, su esencia deliciosa y masculina, pero a la vez juguetona e infantil, destacada por una provocación verbal de ensueño. El pelirrojo alzó sus brazos nervioso, inseguro, asustado, como todo en su vida, pero finalmente cedió: deslizó su brazo derecho a través del torso ajeno, y el izquierdo por bajo de uno de sus brazos: era delgado pero fornido.- Necesito un pellizco…-pensó en voz alta, aludiendo al posible sueño en el que tanta maravilla se podría llevar a cabo. Su rostro se enrojeció por completo al escuchar el sonsonete de su voz levitando en el aire.- Dios, yo…- Estaba a punto de disculparse, pero la televisión lo interrumpió.

Con mucha dificultad obligó a su diestra a ascender hasta el cabello ajeno, donde enredaría sus dedos cariñosamente, intentando peinarlo aunque resultase imposible. Le encantaba tenerlo así, resultaba maravilloso, onírico, idílico… serendípico, todas las palabras posibles que pudiesen describir tal dicha. Sonreía como un tonto observando con cautela el borde del rostro ajeno recortado sobre la televisión.- Lo siento, es que… tú me pones nervioso.- Admitió tal como lo hizo en la fiesta, Nico lo aterraba, pero es mejor vivir con miedo a no haber vivido jamás. Cuidando no molestar al chico entre sus brazos agarró otra dona y la partió cuidadosamente a la mitad, dispuesto a continuar con la conversación. -… Soy de Gante, en Bélgica. Bueno, ahí nací… Viví en Brucelas, Brujas, y en Antwerpén.- Asintió encantado de hablar de su país natal, lo echaba muchísimo de menos.- Es muy hermoso allá, te gustaría…- Comentó con ensueño mientras recordaba con cariño Gante.- Bueno, en donde nací hablaban neerlandés, en Brucelas hablan francés, y en las otras es mezclado. Yo sé hablar ambos idiomas.- Admitió orgulloso, adoraba las lenguas del mundo, creía que eran una maravilla se le mirase por donde se le mirase. Buscó los ojos ajenos con desesperación, quería que lo conociera feliz, ya que era algo realmente difícil de ver viniendo del pelirrojo.- Bueno… primero hablaré en neerlandés.- Aclaró su garganta incómodo y se quedó enganchado en los ojos ajenos.- ik wil je kussen…-Recitó alto y claro en su lengua natal, para luego acomodarse e ingresar a la segunda.- Ahora francés… Je veux me baiser maintenant?- Alzó las cejas al finalizar, esperando una reacción por parte del chico a su lado. Le preguntaría que acababa de decir, pero no estaba muy seguro de querer revelarlo, no fonéticamente al menos.- Espera… no sabes francés ¿verdad?- Cuestionó nervioso mientras la sangre se le iba a la cabeza por milésima vez en el día.- ¿tú sabes español?.- Estaba noventa por ciento seguro de aquello. Conocía un par de palabras de aquel idioma, y la pronunciación del chico revelaban algo de eso.- gusta nariz.- Murmuró en un torpe español para luego echarse a reír presa de los nervios y la felicidad irreal que lo estaba embargando.- Dios salve el inglés…- Se sentía un niño pequeño jugando a los escondites, o al teléfono mientras se apoyaba en el costado de la cabeza ajena, hundiéndose en su aromático y esponjoso cabello, cayendo irremediablemente enamorado en un río de estrellas tornasol.-


Ainsley B. De Vroome
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Mensaje por Nico Farrell el Jue Abr 21, 2016 7:05 pm
Aquella era una situación idílica, de ensueño y que a los ojos de Nico sólo podía ser concebida entre humo de neón y bajo el efecto de pastillas de colores. Pero aquello era real, estaba sucediendo. Los años luz de distancia entre ambos muchachos habían quedado reducidos a escasos centímetros en esa cama que les servía de refugio del mundo real, y aunque Nico no era de naturaleza ingrata, deseaba que la distancia no existiera. Volver a fundirse en él, sentir su tacto y el peso de su cuerpo contra él.  Tenerlo tan cerca era embriagante, todo en Ainsley le volvía loco. Inclusive aquella mirada triste que tenía siempre, inclusive su manía con pedir disculpas todo el tiempo. Su peinado anacrónico que ensombrecía sus ojos, intentando pasar desapercibido ¿Sería consciente aquel chico de lo atractivo que era? Pero aún más importante ¿Sería consciente de que podía tener el mundo en sus manos si quisiera? De un solo golpe podía bajar a los engreídos de sus hermanos del pedestal al que se habían subido y reclamar lo suyo. De un solo golpe podía tenerlo todo, inclusive a Nico. Le daba miedo lo colado que podía estar por el pelirrojo, conocía poco de él y no quería apartarse de su lado. Quería que el mundo se detuviera en aquel momento para siempre.

Carcajeó al escuchar su comentario. Tenía un poco de razón, no se imaginaba a Lee, tan puro como era, tener aquel sentido del humor ácido y negro que solían usar Nico e Ivy. Incluso le costaba asimilar la idea del pelirrojo maldiciendo en voz alta. Era como un señorito británico del siglo XV trasladado milagrosamente al presente. - Bueno, podemos trabajar en ello ¿No? - Le dijo entre risas, se moría por hacer que Lee se relajara, rescatarlo de esa burbujita de perfección y etiqueta a la que le habían sumido. Pero sobre todo, de hacerlo feliz. No le fue indiferente la mirada puesta sobre él ni tampoco el segundo cumplido que le tomó por desprevenido. - Gracias supongo, pero no puedes negar que me veo muy bien con mis locs - Bromeó entre risas, le habían hecho cumplidos por su peinado antes, pero ésta era la primera vez que alguien lo hacía de su cabello natural. Aunque tampoco se mostraba mucho de aquella forma. - Tu eres bastante guapo ¿Lo sabes? Más que tus hermanos. - Sentenció, mientras una mano se estiraba para alborotar un poco la cobriza melena de Lee - Me gusta tu pelo así, alborotado. Pareces más salvaje.  - Le guiñó un ojo, mientras lo observaba comer como un pajarillo. Le estaba dando demasiadas vueltas a una simple dona, por lo que dejó que el chico comiese tranquilo. Sin embargo, podía notar que su comentario sobre su actitud le había chinchado un poco. Había algo más detrás de todo aquello ¿Qué había hecho Ainsley para tener que pedirle disculpas hasta al aire que respiraba?

Frunció su ceño, algo desconcertado por su respuesta - No sé a que clase de fiestas vayas, pero de seguro aquello no se oye como una "fiesta". - Comentó entre bromas y verdades. - En las fiestas a las que voy yo, no te disculpas hasta el día siguiente. O a los dos días, como en este caso. - Retazos de recuerdos se hicieron presentes y pudo sentir de nuevo todo lo que había sucedido aquella noche. Sentir los besos y caricias de Ainsley, el humo de hielo seco rodeándolos, el ardor de su nariz, las líneas blancas que lo llevaron a su mejor y peor momento, los labios de Ivy, los de Ainsley de vuelta, encontrarse nadando junto a peces de colores en el océano y luego la oscuridad total, reclamándolo. Las sombras envolviéndolo por todos lados y sucumbiendo ante el infierno que terminaba por consumirlo.

Pero ahora, en los brazos de Lee, podía afirmar que estaba en el cielo. Acariciaba una mano del pelirrojo con las yemas de sus dedos, embelesado por los diferentes tonos de piel que tenían. Fascinado por la blancura de sus manos que permitían que se le traslucieran sus venas. A él no se le notaban tanto. - Si esto es un sueño, no quiero que te despiertes. - Confesó en un murmuro, quizás demasiado avergonzado como para mirarle a los ojos. - Si te sirve de consuelo, tu también me intimidas un poco. - Esta vez se atrevió a mirarlo a los ojos mientras el pelirrojo jugaba con su cabello. En aquel momento, Nico era la versión humana de un gato ronroneando. Podían pasarse toda la tarde así, arremolinados los en la cama y sin que el mundo de afuera importe. Conocerlo, conocerse más. Porque quizás, después de todo, a lo mejor había caído en un embrujo vudú o algo por el estilo, porque en cuestión de días Ainsley se había convertido en el protagonista de sus pensamientos, en el objeto de su fantasías, en la razón de sus suspiros. Escuchó con atención su relato, fascinado como un niño pequeño.

Sintió la necesidad de preguntarle bien donde quedaba todo aquello, pero una pequeña vocecita de su interior le decía que no lo haga, que quedaría como un tonto si lo hacía. Porque eso era, un tonto. No tenía ni la mitad de la educación y conocimientos que tenía Ainsley, él no sabía nombrar las capitales de los países europeos y ni siquiera ubicarlos en el mapa. La pila de trabajos sin entregar y libros sin abrir que se acumulaban sobre su escritorio eran testigo de aquello. Ni siquiera Gabriel con sus tutorías extras ni con la ayuda de Emilia con las tareas podían alentarlo a que se interesara un poco en lo académico. Pero aquello había sido eclipsado al ver la sonrisa del pelirrojo mientras hablaba de su país natal. Se contentó con escuchar su voz recitando idiomas desconocidos para Nico, con poder ser testigo del brillo en los ojos de Ainsley. - ¿Qué dijiste? - Inquirió, emocionado por saberlo y sin sospechar mucho.

- No, no sé francés ¿Por qué? - Volvió a arrugar su frente, sin quitarle la mirada encima a Lee. - Sí, español si sé hablar. Mi madre era de Colombia, y crecí en un barrio de inmigrantes. - Afirmó orgulloso de sus raíces latinas. Incluso podía recitar de memoria todos los rezos en español que su madre le había enseñado. Lanzó una pequeña carcajada al escuchar a Lee intentando hablar español - ¿Qué quisiste decir con eso? - Se mordió el labio inferior, enternecido de tan sólo escucharlo. Sintió el peso de su cabeza sobre la suya y no protestó, sino que extendió sus caricias sobre el brazo ajeno. - Me gustas mucho, chavito. Eres adorable. Quiero volver a probar tus labios... - Pronunció en un perfecto español, mientras estiraba su mano para tomar la ajena y propinarle un suave beso en el dorso. La dejó caer sobre su torso y se separó un poco de Ainsley para buscar su mirada, para buscar a sus labios con ansias.
Nico Farrell
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Mensaje por Ainsley B. De Vroome el Lun Abr 25, 2016 12:07 am

 
A veces no sabía cómo reaccionar ante las respuestas de Nico, todas resultaban tan oportunas y exactas, como si formasen parte de un libreto, como si pudiese leerle la mente ¿Tan transparente era que alguien que llevaba un par de días de conocer podía leer en su rostro lo que estaba ocurriendo en su interior? No estaba seguro de sentirse complacido o fastidiado por aquello. Sin dudas, procedente del moreno resultaba un milagro y una catástrofe a partes iguales. Por un lado, podían comunicarse sin mediar palabra, pero por otro… sus prohibidos sentimientos quedaban al descubierto; vulnerables, corruptibles, como un nervio a carne viva.- Bueno… Seré un buen alumno.- Contestó a las palabras ajenas, al ofrecimiento de labrar su sentido del humor. No le ofendía, su vida nunca se caracterizó por tener muchos tintes cómicos, pero quería conocer el otro rostro de ese calvario que llaman existencia. Lo mismo deseaba para Nico, deseaba verlo realmente feliz, relajado, recostado ahí en su cama, durmiendo como un niño, abrazado a su torso, sin preocuparse en lo que pudiese ocurrir un par de horas más tarde. Realmente resultaba sobrecogedor y gratificante imaginarlo. De quedarse uno al lado del otro, tal como su corazón dictaminaba que debía ocurrir, ambos cambiarían sin cambiar, crecerían sin crecer, y quizás podrían encontrarse con aquel punto que toda persona feliz debe alcanzar. Saltar nubes con ligeresa hasta llegar a lo más alto cogidos de la mano.- Tus rizos se llaman… ¿locs?- Cuestionó algo confundido.- Me gusta cómo te ves de ambas formas. Pero así te ves más pequeño, más dulce…- Sonrió sincero apreciando la imagen que tenía en frente.- ¿Cómo te haces los locs?- Curioso quería enterarse.- Debe ser mucho trabajo, me gustaría aprender para ayudarte.- Sus mejillas enrojecieron al instante producto de su atrevida propuesta.- Solo si quieres, claro… No quiero una nariz rota.- murmuró agachando la mirada avergonzado por su patético intento de broma.- No soy gua-..- Conocía muy bien su imagen, se miraba al espejo varias veces al día, y eso sin contar cuantas veces veía a sus hermanos, quienes eran bastante atractivos. No podía decir lo mismo de su persona. Pero Nico opinaba lo contrario, y eso era más que una bendición, era un milagro. No todas las personas logran que su amor platónico se fije en ellos de aquella manera. Apretó los labios inquieto ante el toque tosco de la mano ajena en su cabeza, no podía refutar las opiniones del moreno, él no daba cabida para contradicciones. Pudo percibir como sus rizos se desarmaban uno a uno, y aunque aquello solía ser su pesadilla, obtuvo otro halago.- ¿Eso crees?- Cuestionó incrédulo mientras intentaba acomodar su cabello.- Mis rizos son muy rebeldes… ¿sabes? Lucho con ellos todas las mañanas.- Y era cierto, pero eran una de las cosas que más le gustaban de sí mismo al pelirrojo, por algo jamás los había cortado.

Mordió su labio inferior avergonzado por las palabras ajenas. Sí, conocía tan poco el mundo que la mayoría de las fiestas a las que había acudido eran aquellas en las que debes vestir traje y hablar acerca de proyectos políticos de mejoramiento vial. Qué pena más grande.- Pues… fiestas del tipo político, fiestas de mi padre.- Torció el gesto sintiéndose patético de pronto.- ¿Has visto El Diablo Viste de Praga? Bueno, yo suelo ser como… Andrea. Tengo que aprenderme los nombres de los invitados, recordárselos a mi padre.- Suspiró pesado.- No actuar demasiado gay” y cosas por el estilo. Aunque ahí sí que soy el orgullo de papá porque sé cómo combinar la ropa.- Odiaba hablar de esas cosas, amargaban su mente. Pero desgraciadamente, lo malo suele prevalecer por más tiempo en la memoria.- No hablemos de eso…- Por fin sonaba algo decidido, y es que preferiría por mucho recordar el aire viciado del Infierno, la vista entorpecida por los láseres, el aroma a acetona de la cocaína, los besos furtivos de Nico.- Es mejor pedir disculpas luego de dos días…- Sonrió sutilmente, sintiéndose feliz por aquel descubrimiento.

Un sueño del que no deseaba despertar, un sueño parecido a los habituales: Con Nico de protagonista, pero sin ningún indicio de fantasía; todo era real, tan real que asustaba. Parecían enamorados de toda una vida, compartiendo una linda tarde de invierno acurrucados en el cuarto mirando televisión, comiendo donas- o al menos intentándolo- evadiéndose de la realidad, olvidándose de todo lo que no tuviese que ver con ellos mismos. Quería besarlo, quería quedarse allí por otro par de miles de horas. Acariciaba esa imposible mata de pelo con todo el cariño que meses de fantasías y horas de realidad le podían brindar mientras relataba a medias la historia de su vida. Le encantaba recordar su país natal, revivirlo, más aun hablar en su idioma. Solía hacerlo con sus hermanos, así las mucamas no los comprendían, compartirlo con el moreno lo volvía irremediablemente miembro de su mundo, aun cuando este no pudiese comprenderlo. La sangre se agolpó en sus mejillas cuando escuchó la pregunta inevitable ¿Qué acababa de decir? Pues, un montón de cosas que no tenía sentido ocultar, pues eran obvias, y reales, pero decirlas en voz alta resultaba complicado para alguien como Ainsley. Carcajeó sutilmente.- Es un alivio que no sepas mis idiomas por ahora…- Confesó esperando a que el moreno respondiera sus palabras, aunque su reacción con respecto a su penoso español llegó primero. Tenía claro que no era bueno con aquel complicado idioma, pero no creía que tanto.- Dije que me gusta tu nariz… ¿no estuvo bien?- Cuestionó entre risitas repasando mentalmente las dos palabras que intentó esbozar segundos atrás.- Creo que no sé mucho español, es difícil.- Admitió para luego atender a la historia ajena.- ¿Conoces Sudamérica?- Cuestionó curioso, realmente comenzaba a creer que la madre de Nico debió haber sido una gran mujer, el orgullo de sus raíces lo dejaba a la vista.- Me hubiese gustado conocer a tu madre…- No sabía si en efecto, la mujer estaba muerta, pero lo suponía, el chico era adoptado. Sentía la necesidad de enterarse, pero un par de frases fluidas, exóticas y perfectas escaparon de los labios ajenos, fluidas como humo en una noche de invierno. Este chico era extraordinario.- Que hermoso acento…- Confesó embriagado por la cercanía que de pronto los embargaba. No había entendido más que dos palabras, pero curiosamente habían sido “labios” y “gustar”. Con eso era más que suficiente. Sonrió avergonzado inclinándose hasta rozar la nariz ajena con la propia.- Sospecho que quisimos decir lo mismo, yo en neerlandés, y tú en español…- Susurró con evidente nerviosismo, pero total convicción justo antes de hacer desaparecer las distancias.- je vous embrasse…- Susurró sobre aquella voluptuosa boca a la que se había vuelto adicto, y finalmente sus deseos se volvieron realidad. La explosión dentro de su cabeza fue inmediata: el beso era tan delicioso como los anteriores, pero perfecto, perfecto y novedoso, tal como debía ser al enamorarse. Se inclinó sobre el rostro ajeno, apresando sus mejillas entre sus finos dedos, no lo quería ni un centímetro más lejos, ahora nadie los interrumpiría… Movía sus labios lentamente sobre los ajenos, reconociéndolos, apoderándose, marcándolos como propios. Podía sentir como las estrellas y las galaxias pellizcaban su pálida piel, quería quedarse en aquel maravilloso lugar, de poderse, para siempre.-



Ainsley B. De Vroome
Localización :
Wherever the carrots live

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Mensaje por Nico Farrell el Lun Abr 25, 2016 10:54 pm
Su comentario le sacó colores a sus mejillas, evocando a un juego de roles en la cama que no dudaría dos veces en probar con Lee. Su alumno. Ah, si supiera todas las cosas que quería enseñarle, todas las cosas que no estaban escritas en los libros y ni hablar en el colegio. Podías encontrarlas ahí, plasmadas en Internet en un mural de experiencias. Pero nada se comparaba con vivirlas, con experimentarlas. Vivir era mejor que leer. Nico vivía mucho, y ahora quería vivir con Lee a su lado. Si supiera el pelirrojo de lo que se estuvo perdiendo todo este tiempo. Y aquello sería recíproco. Estaba seguro que Ainsley tenía mucho por enseñarle, porque sus ojos curiosos, ávidos de experiencia, delataban a un buen observador. Su educación, sus incontables conocimientos, sus viajes, incluso sus modales de etiqueta. Todo aquello era nuevo para el moreno.

Estalló en carcajadas al oír la pregunta del pelirrojito, ignorante pero curioso. - Dude, ¿No tienes amigos negros? - Estaba seguro de que así era, las veces que recordaba haberlo visto en los pasillos estaba acompañado de un séquito de chicas, todas caucásicas. Pero tampoco era que en su colegio abundaban los afroamericanos,  sólo habían dos en su clase y no tenía nada en común con ellos como para intentar forjar una amistad. - Mira, te explico. Lo que yo llevo son freeform locs, es decir, rastas que no están trenzadas. Pásame el peine que está sobre el velador. - A continuación, le hizo una demostración separando un poco de su cabello rizado para ser atrapado por los largos dientes del peine. Luego, enredó el mechón con sus dedos de modo que formó uno de sus famosos locs en cuestión de segundos. - ¿Ves? Y bueno, luego tengo que seguir con el resto. Suelo usar otros productos para que queden firmes. Rosario, mi mamá, solía peinarme, pero aprendí a hacerlo yo solo. A veces suelo ir a un salón si tengo tiempo y dinero. - Que Ainsley quiera ayudarlo a peinarse le enternecía y divertía en partes iguales, pero nunca estaba de más que alguien quisiera echarle una mano. - ¿Quieres intentarlo tu? No te romperé la nariz si me queda feo. - Le devolvió la broma, acercándose un poco para que el pelirrojo lo intentara.

- Bueno, eso suena bastante parecido a las fiestas que Gabriel me hace ir, es sólo sonreír un rato y tolerar a un montón de imbéciles ricos y listo. - Sus ojos negros escrutaron a los de Ainsley, quien batallaba con su cabello. - Lo siento, no es que tu seas un imbécil rico. - Asomó una sonrisita maliciosa. - Pero sabes a lo que me refiero ¿No? Pero no es gran cosa, esas cosas terminan temprano y luego Gabriel me da pase libre a irme a una fiesta de verdad. A lo mejor algún día nos crucemos en una gala y nos escapamos juntos. - No era de los más observadores, pero podía darse cuenta de que aquel era un tema que le escocía a Ainsley. Quizás restarle importancia no había sido una buena idea, pero lo dicho dicho estaba ¿No? Decidió no hablar más al respecto, a lo mejor algún día el pelirrojo se sentiría lo suficientemente cómodo para conversar de ese tema con él.

Ignoraba qué tan profética su propuesta podía ser, pero en los brazos de Ainsley no importaba más. Sus caricias y sus idiomas embriagantes lo envolvían en un mundo de fantasía que le hacía olvidar el origen del pelirrojo, e inclusive el propio. Definitivamente no hacía falta ninguna brujería para que Nico caiga en los pies del chico. - No, no, lo dijiste bien. Es que tu acento me confundía un poco. - Su acento, sus labios, su mirada, todo en Lee le confundía, y bastante. Le dejaba más tonto que de costumbre pero eso estaba bien - Me gusta tu nariz. - Le corrigió, dibujando una sonrisa para animar a su estudiante. - Una vez estuve en Virginia visitando a unos parientes ¿Eso cuenta? - Dejó escapar una carcajada sonora. Nunca había salido de Estados Unidos, no había tenido la oportunidad. Rosario tampoco hubiese querido volver a Colombia, o si lo hiciera, nunca se lo hizo expresar. Ocultaba su dolor al igual que ocultaba sus moretones. Nico tenía la certeza de que si no hubiese sido asesinada, la mujer habría muerto de tristeza en algún momento.

Pero el recuerdo de su sufrida madre se desvaneció al igual que las distancias y sus pulposos labios fueron atrapados por los del menor. Correspondió a sus besos casi con desesperación, pero tomándose las cosas con calma y disfrutando de su sabor, de su tacto, de la sensación electrificante que le recorría todo el cuerpo cuando se unía a él. Pero esta vez no había urgencia, no temían ser descubiertos, nada ni nadie podría separarlos. La mano escurridiza de Nico buscó un sitio en donde apoyarse, colocándose sobre la cadera de Ainsley mientras el moreno se acomodaba mejor en la cama para seguir besándole. Pero no le fue suficiente, sus manos empezaron a moverse, a hurgar dentro del suéter del pelirrojo, recorrió el relieve de las costillas contra la fina piel, fría y tersa. Se hubiese animado a más, le hubiera quitado el suéter y hubiera acabado con la urgencia de sus pantalones, pero aún no era el momento.

No sabía cuánto tiempo más estuvieron así, acurrucados en la cama. Un tanto besándose, otro conociéndose. Ainsley le terminó de peinar y siendo sinceros, no había quedado tan mal. Terminaron su merienda y miraron televisión, aunque ninguno de los dos le podía prestar atención a la pantalla. Por la ventana pudo observar como el sol, completo y refulgente hacía unos minutos, ahora se esfumaba en un tenue resplandor ¿En qué momento se había ido? La tarde se extinguía a una velocidad insospechada y esa agonía le resultaba opresiva. Un recordatorio de que nada era para siempre. "Ahora, hijo, se esconde el sol, no quiere encontrarse con la luna" le había dicho una vez su madre.

- Se está haciendo tarde, ¿Quieres que te acompañe a tu casa? - Le propuso, queriendo ganar un par de minutos más a su lado. Queriendo extender su compañía cuanto más pudiese.

La realidad los sacó de la casa casi a empujones, pero lejos de entristecerse por no verse más en lo que quedaba del día, se alegraban de que volverían a verse otra vez. Nico estaba seguro de eso. Caminaron un buen rato por aquel largo pasillo bordeado de edificios, bajo un recorte azul oscuro enmarcado por cúpulas centenarias. Lo dejó en una de esas largas torres, impresionado por la altura - Algún día me tienes que invitar tu, debes tener unas muy buenas vistas desde tu cuarto. - Le comentó con un brillo infantil en los ojos. Algún día Ainsley le invitaría, y algún día conocería su cuarto. Sus brazos apresaron la cintura ajena y lo empujó contra sí, volvió a besarlo una vez más. La última vez de esa tarde, no fue una despedida, sabía que volvería a sentir sus labios tarde o temprano. Aquello era un hasta pronto.
Nico Farrell
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Manhattan

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